...al afirmar: "La falsa democracia de internet sugiere que no hay nada difícil. Uno no tiene que saber nada, sólo debe tener opiniones y subirlas a la red. Uno no necesita pericia, porque la pericia es una especia de fraude jerárquico". Pero sólo quizá. Aunque después de pensarlo mejor, quizá no. ¿Por qué Rieff defenderá con tanta diligencia una auténtica democracia que no existe más que utópicamente? Aclaro, soy un fiel creyente de las posibilidades de la democracia.
Lo sigo pensando y creo que detrás de este tipo de afirmaciones hay una necesidad de jerarquías que trascienden su funcionalidad social, ¿no creen? ¿Qué se necesita para expresar una opinión, más que tenerla? ¿Estaré pecando de ingenuo? No sé.
lunes, 31 de marzo de 2008
Deslinde
Recientemente leí una entrevista a León Wieseltier en la que decía sobre los bloggers "creen que los primeros pensamientos de una persona, son sus mejores pensamientos". Comparto el sentido crítico de su afirmación, los primeros pensamientos no son necesariamente los mejores pensamientos, aunque sí podría tratarse de valiosísimas intuiciones. Mi intención al citar las palabras de Wieseltier no es otra que deslindarme de ellas, de la acusación implícita que vincula el gesto de escribir un blog con la falta de elaboración de un pensamiento, pues creo que muchos de quienes escribimos en un blog,no consideramos nuestras palabras, las "últimas" posibles sobre un tema. Las primeras palabras son sólo eso, un ensayo del pensamiento, una recolección de impresiones aún inconexas de las que se espera obtener una idea. Poco me interesa revivir discusiones apocalípticas sobre la descentralización de las fuentes de información, por lo que una vez deslindado de la acusación de Wieseltier, me atrevo a escribir unas palabras.
lunes, 10 de marzo de 2008
Texto a la mitad
La última vez que visité este blog dejé un texto a la mitad. No lo he releído desde entonces.
I. Texto a la mitad
"Se me antoja un par de palabras sobre cualquier cosa, la que sea. Digamos que después de tanto tiempo (¿un mes?) sin escribir, se me antoja y cómo no tengo motivo alguno, simplemente lo haré hasta llenar una cuartilla de oraciones, (tengan sentido entre sí o no), pues lo que realmente se me antoja es escribir. Sí, escribir se me antoja como se antojan otras cosas: darse un baño, comer un tacus tacus norteño (plato típico peruano), caminar bajo el sol después de una semana de oficina, jugar con Charlotte (el Airedale Terrier que vive en casa desde hace una semana), dejar que te muerda las manos y verla correr de un ldo a otro sin motivo aparante; tomarse una cerveza fría, bien fría; leer un buen libro (digamos, Gasolina de Quim Monzó); pensar en los amigos, extrañarlos y sonreír gracias a un recuerdo extraviado que se atraviesa repentinamente; escuchar el último disco de Radiohead o confirmar que tu hermano siempre asierta con los discos que te regala; preguntarse por la vida de alguien que no ves desde hace diez años; mirar una foto que nunca tomarás; acostarse en la cama, no hacer nada, sólo descansar; arroparse cuando hace frío; comer un pan tostado, casi quemado, con mantequilla..."
II. Desde el recuerdo, desde el anhelo.
Tacus Tacus, platillo peruano. La primera vez que comí comida peruana, nada tuvo que ver con la visita a La Mar del segundo fin de semana de este año. Entonces no hubiese podido pagar; entonces vivía con mi primos, Leo y Mario y rentabamos la habitación de servicio a Itxazo, una "cooperante" vasca que fue a Venezuela a trabajar en una ONG que dirigía una conocida. Supimos del mercado y fuimos. Sólo eso puedo decir. No recuerdo con quienes fui, aunque conservo clara la imagen de las bandejas de comida colocadas sobre largas mesas que marcaban el inicio y el fin de uno y otro puesto. Los recuerdos se empalman y el placer de aquel momento se confunde con los manteles, el ruido de los coches de la Av. Bolívar y mi primo Hernán, con quien no hablo desde hace, quizá dos años. A un lado, la estación "Colegio de ingenieros", al otro el Teatro en el que actué durante el festival internacional de teatro de Caracas y a su lado, la Mezquita, frente a ella, el jardín del Museo de Arte Moderno, justo a un costado del Parque los caobos.
Gasolina de Quim Monzó. "Le fascinaba haber tirado de un hilo e intentar seguirlo hasta el final, sin saber si encontraría un ovillo o la punta en que terminaba". Quim Monzó. Gasolina. Edit. Anagrama. 1983.
Un recuerdo extraviado. La casa de Juan Tronchoni en Choroní. El clima húmedo, los árboles gigantes que cubren el jardín, la calle de tierra por la que caminábamos a la carretera y calle principal de Puerto Colombia. La casa de Juan, la humedad y aquella semana santa en la que leí "las palabras y las cosas de Michael Foucault", preparamos pastel de chucho y bebí por primera vez ron Ocumare.
Una canción del último disco de Radiohead: Jingsaw falling into place.
Comerse un pan tostado con mantequilla. Fue durante la huelga "general" de diciembre de 2002. El dinero escaceaba y los días pasaban sin esperanza que algo cambiara. Decidimos hacer un mercado grande, verdaderamente grande, previendo la escacez de alimentos que nunca fue tan grave como la imaginamos. La radio y la televisión sólo trasmitían noticias, los periódicos apenas publicaban, los cines, los clubes de videos, las licorerías y los bares permanecían cerrados. Los distractores de la rutina se hicieron evidentes y todos nos vimos en la necesidad de reinventarlas. En mi caso, una de ellas consistía en ir a comprar pan, untarlo con mantequilla, meterlo al horno y comerlo así, sin nada más que mantequilla. Apenas sabíamos lo que sucedía, no imaginabamos lo que sucedería, estábamos atrapados en un letargo cotidiano hasta nuevo aviso; estabamos atrapados en el día a día y las opciones erán simples: o vivíamos cada cosa que hiciéramos intensamente o la crisis nos comía el cerebro, lo que significó, por común que pueda leerse, que vivíamos en un presente continuo. Durante esos días aprendí el valor de lo rutinario, como sentarme a comer un pan tostado bañado en mantequilla.
III. No me vendría mal un poco de rutina.
I. Texto a la mitad
"Se me antoja un par de palabras sobre cualquier cosa, la que sea. Digamos que después de tanto tiempo (¿un mes?) sin escribir, se me antoja y cómo no tengo motivo alguno, simplemente lo haré hasta llenar una cuartilla de oraciones, (tengan sentido entre sí o no), pues lo que realmente se me antoja es escribir. Sí, escribir se me antoja como se antojan otras cosas: darse un baño, comer un tacus tacus norteño (plato típico peruano), caminar bajo el sol después de una semana de oficina, jugar con Charlotte (el Airedale Terrier que vive en casa desde hace una semana), dejar que te muerda las manos y verla correr de un ldo a otro sin motivo aparante; tomarse una cerveza fría, bien fría; leer un buen libro (digamos, Gasolina de Quim Monzó); pensar en los amigos, extrañarlos y sonreír gracias a un recuerdo extraviado que se atraviesa repentinamente; escuchar el último disco de Radiohead o confirmar que tu hermano siempre asierta con los discos que te regala; preguntarse por la vida de alguien que no ves desde hace diez años; mirar una foto que nunca tomarás; acostarse en la cama, no hacer nada, sólo descansar; arroparse cuando hace frío; comer un pan tostado, casi quemado, con mantequilla..."
II. Desde el recuerdo, desde el anhelo.
Tacus Tacus, platillo peruano. La primera vez que comí comida peruana, nada tuvo que ver con la visita a La Mar del segundo fin de semana de este año. Entonces no hubiese podido pagar; entonces vivía con mi primos, Leo y Mario y rentabamos la habitación de servicio a Itxazo, una "cooperante" vasca que fue a Venezuela a trabajar en una ONG que dirigía una conocida. Supimos del mercado y fuimos. Sólo eso puedo decir. No recuerdo con quienes fui, aunque conservo clara la imagen de las bandejas de comida colocadas sobre largas mesas que marcaban el inicio y el fin de uno y otro puesto. Los recuerdos se empalman y el placer de aquel momento se confunde con los manteles, el ruido de los coches de la Av. Bolívar y mi primo Hernán, con quien no hablo desde hace, quizá dos años. A un lado, la estación "Colegio de ingenieros", al otro el Teatro en el que actué durante el festival internacional de teatro de Caracas y a su lado, la Mezquita, frente a ella, el jardín del Museo de Arte Moderno, justo a un costado del Parque los caobos.
Gasolina de Quim Monzó. "Le fascinaba haber tirado de un hilo e intentar seguirlo hasta el final, sin saber si encontraría un ovillo o la punta en que terminaba". Quim Monzó. Gasolina. Edit. Anagrama. 1983.
Un recuerdo extraviado. La casa de Juan Tronchoni en Choroní. El clima húmedo, los árboles gigantes que cubren el jardín, la calle de tierra por la que caminábamos a la carretera y calle principal de Puerto Colombia. La casa de Juan, la humedad y aquella semana santa en la que leí "las palabras y las cosas de Michael Foucault", preparamos pastel de chucho y bebí por primera vez ron Ocumare.
Una canción del último disco de Radiohead: Jingsaw falling into place.
Comerse un pan tostado con mantequilla. Fue durante la huelga "general" de diciembre de 2002. El dinero escaceaba y los días pasaban sin esperanza que algo cambiara. Decidimos hacer un mercado grande, verdaderamente grande, previendo la escacez de alimentos que nunca fue tan grave como la imaginamos. La radio y la televisión sólo trasmitían noticias, los periódicos apenas publicaban, los cines, los clubes de videos, las licorerías y los bares permanecían cerrados. Los distractores de la rutina se hicieron evidentes y todos nos vimos en la necesidad de reinventarlas. En mi caso, una de ellas consistía en ir a comprar pan, untarlo con mantequilla, meterlo al horno y comerlo así, sin nada más que mantequilla. Apenas sabíamos lo que sucedía, no imaginabamos lo que sucedería, estábamos atrapados en un letargo cotidiano hasta nuevo aviso; estabamos atrapados en el día a día y las opciones erán simples: o vivíamos cada cosa que hiciéramos intensamente o la crisis nos comía el cerebro, lo que significó, por común que pueda leerse, que vivíamos en un presente continuo. Durante esos días aprendí el valor de lo rutinario, como sentarme a comer un pan tostado bañado en mantequilla.
III. No me vendría mal un poco de rutina.
sábado, 1 de diciembre de 2007
"Cita"
"Es imposible escribir algo que no se haya visto previamente, pues antes que una palabra pueda llegar a la página, tiene que haber formado parte del cuerpo, tiene que haber sido una presencia física con la que uno haya convivido, igual que convive con el corazón, el estomago y el cerebro. La memoria, entonces, no tanto como el pasao contenido dentro de nosotros, sino como prueba de nuestra vida en el momento actual. Para que un hombre esté verdaderamente presente entre lo que le rodea, no debe pensar en sí mismo sino en lo que le ve. Para poder estar ellí debe olvidarse de sí mismo. Y de ese olvido surge el poder de la memoria. Es una forma de vivir la vida en que nunca se pierde nada". Paul Auster. El libro de la memoria. Compactos Anagrama, 1994.
F=m.a *
No sabía cómo comenzar, así que recurrí a Google. Encontré un artículo titulado “De la inercia y la gravitación”, de Carlos Sánchez Chinea, un físico, supongo, al menos un entendido al respecto, en el que escribe: “la inercia es una propiedad de la materia por la cual los sistemas físicos no pueden modificar por sí mismos su estado de reposo o de movimiento”.
Todavía no sabía cómo comenzar, así que recurrí al diccionario y encontré: “Inercia: (Del lat. Inertia). F. Mec. Propiedad de los cuerpos de no modificar su estado de reposo o movimiento si no es por la acción de una fuerza. 2. Rutina, desidia. Fuerza de -, momento de -.” Y cinco palabras más abajo: "Inerte. (Del lat. Iners, Inertis). adj. Inactivo, Ineficaz, incapaz de reacción. Gas inerte. 2. Inmóvil, paralizado. Mano, rostro inerte. 3. Sin vida. Cuerpo inerte. 4. Flojo, desidioso. (...)". Diccionario de la Lengua Española. Real Academia Española. Vigésima segunda edición, 2001.
Al buen entendedor pocas palabras. Hoy no escribiré más al respecto, o dicho de otro modo, no comenzaré.
* "Cuando sobre un sistema físico se aplica una fuerza éste cambia su velocidad, se acelera, en un grado que es inversamente proporcional a la "resistencia" que ofrece al cambio. Esa resistencia es lo que entendemos por masa inercial. (...). La relación newtoniana en la que esto se manifiesta es: F=m.a".
Todavía no sabía cómo comenzar, así que recurrí al diccionario y encontré: “Inercia: (Del lat. Inertia). F. Mec. Propiedad de los cuerpos de no modificar su estado de reposo o movimiento si no es por la acción de una fuerza. 2. Rutina, desidia. Fuerza de -, momento de -.” Y cinco palabras más abajo: "Inerte. (Del lat. Iners, Inertis). adj. Inactivo, Ineficaz, incapaz de reacción. Gas inerte. 2. Inmóvil, paralizado. Mano, rostro inerte. 3. Sin vida. Cuerpo inerte. 4. Flojo, desidioso. (...)". Diccionario de la Lengua Española. Real Academia Española. Vigésima segunda edición, 2001.
Al buen entendedor pocas palabras. Hoy no escribiré más al respecto, o dicho de otro modo, no comenzaré.
* "Cuando sobre un sistema físico se aplica una fuerza éste cambia su velocidad, se acelera, en un grado que es inversamente proporcional a la "resistencia" que ofrece al cambio. Esa resistencia es lo que entendemos por masa inercial. (...). La relación newtoniana en la que esto se manifiesta es: F=m.a".
Time
“And then one day you find ten years have got behind you / No one told you when to run, you missed the starting gun”. Time. Roger Water.
El primer libro que leí en la universidad fue Antropología Industrial, de Claudio Esteba Fabregat. Del libro no puedo decir mucho, hoy descansa en un librero nuevo que mis padres han instalado en la que fue mi habitación y la de Daniel. El salón de primer año era inmenso, suficiente para que cupiéramos 92 personas; el profesor, Massimo Desiato y de aquel grupo de alumnos, Aníbal Gauna, Gianni Finco, Jose Manuel Roche y yo, cuatro de los siete hombres y únicos sobrevivientes a los 5 años de Sociología que esperaban por nosotros.
Ni siquiera puedo asegurarlo y quizá ni Fabregat sea el autor del epigrafe con el que trece años después encabezaría la carta de despedida a mis compañeros de Ogilvy México: “cuando tenía 20 años luchaba por cambiar el mundo; veinte años después lucho por que el mundo no me cambie a mi”.
Hoy, a quienes piensan como pensaban hace trece años, los etiqueto de ingenuos, pero hoy, también extraño aquella "ingenuidad" que no distinguía los límites del deseo y lo posible. ¿En qué momento se quebró ese equilibrio que me permitía seguir adelante a pesar de los años transcurridos, de las decisiones tomadas?
Hoy lo único que puedo reconocer es la huella de ese quiebre, el síntoma de la pérdida que me mantiene quieto ante todo lo que sucede, porque pasará; hoy lo único que puedo reconocer es el síntoma que esconde en una semana de trabajo que nunca imaginé y un fin de semana de descanso, las excusas, para no tomar decisiones. "Hoy", a pesar de todo es un lugar seguro, certero, en el que el riesgo es calculado en función de un “pasará” que se come mis días sin derecho a devolución.
Vamos, vamos, un poco de autocompasión no le hace daño a nadie.
El primer libro que leí en la universidad fue Antropología Industrial, de Claudio Esteba Fabregat. Del libro no puedo decir mucho, hoy descansa en un librero nuevo que mis padres han instalado en la que fue mi habitación y la de Daniel. El salón de primer año era inmenso, suficiente para que cupiéramos 92 personas; el profesor, Massimo Desiato y de aquel grupo de alumnos, Aníbal Gauna, Gianni Finco, Jose Manuel Roche y yo, cuatro de los siete hombres y únicos sobrevivientes a los 5 años de Sociología que esperaban por nosotros.
Ni siquiera puedo asegurarlo y quizá ni Fabregat sea el autor del epigrafe con el que trece años después encabezaría la carta de despedida a mis compañeros de Ogilvy México: “cuando tenía 20 años luchaba por cambiar el mundo; veinte años después lucho por que el mundo no me cambie a mi”.
Hoy, a quienes piensan como pensaban hace trece años, los etiqueto de ingenuos, pero hoy, también extraño aquella "ingenuidad" que no distinguía los límites del deseo y lo posible. ¿En qué momento se quebró ese equilibrio que me permitía seguir adelante a pesar de los años transcurridos, de las decisiones tomadas?
Hoy lo único que puedo reconocer es la huella de ese quiebre, el síntoma de la pérdida que me mantiene quieto ante todo lo que sucede, porque pasará; hoy lo único que puedo reconocer es el síntoma que esconde en una semana de trabajo que nunca imaginé y un fin de semana de descanso, las excusas, para no tomar decisiones. "Hoy", a pesar de todo es un lugar seguro, certero, en el que el riesgo es calculado en función de un “pasará” que se come mis días sin derecho a devolución.
Vamos, vamos, un poco de autocompasión no le hace daño a nadie.
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