sábado, 1 de diciembre de 2007
"Cita"
"Es imposible escribir algo que no se haya visto previamente, pues antes que una palabra pueda llegar a la página, tiene que haber formado parte del cuerpo, tiene que haber sido una presencia física con la que uno haya convivido, igual que convive con el corazón, el estomago y el cerebro. La memoria, entonces, no tanto como el pasao contenido dentro de nosotros, sino como prueba de nuestra vida en el momento actual. Para que un hombre esté verdaderamente presente entre lo que le rodea, no debe pensar en sí mismo sino en lo que le ve. Para poder estar ellí debe olvidarse de sí mismo. Y de ese olvido surge el poder de la memoria. Es una forma de vivir la vida en que nunca se pierde nada". Paul Auster. El libro de la memoria. Compactos Anagrama, 1994.
F=m.a *
No sabía cómo comenzar, así que recurrí a Google. Encontré un artículo titulado “De la inercia y la gravitación”, de Carlos Sánchez Chinea, un físico, supongo, al menos un entendido al respecto, en el que escribe: “la inercia es una propiedad de la materia por la cual los sistemas físicos no pueden modificar por sí mismos su estado de reposo o de movimiento”.
Todavía no sabía cómo comenzar, así que recurrí al diccionario y encontré: “Inercia: (Del lat. Inertia). F. Mec. Propiedad de los cuerpos de no modificar su estado de reposo o movimiento si no es por la acción de una fuerza. 2. Rutina, desidia. Fuerza de -, momento de -.” Y cinco palabras más abajo: "Inerte. (Del lat. Iners, Inertis). adj. Inactivo, Ineficaz, incapaz de reacción. Gas inerte. 2. Inmóvil, paralizado. Mano, rostro inerte. 3. Sin vida. Cuerpo inerte. 4. Flojo, desidioso. (...)". Diccionario de la Lengua Española. Real Academia Española. Vigésima segunda edición, 2001.
Al buen entendedor pocas palabras. Hoy no escribiré más al respecto, o dicho de otro modo, no comenzaré.
* "Cuando sobre un sistema físico se aplica una fuerza éste cambia su velocidad, se acelera, en un grado que es inversamente proporcional a la "resistencia" que ofrece al cambio. Esa resistencia es lo que entendemos por masa inercial. (...). La relación newtoniana en la que esto se manifiesta es: F=m.a".
Todavía no sabía cómo comenzar, así que recurrí al diccionario y encontré: “Inercia: (Del lat. Inertia). F. Mec. Propiedad de los cuerpos de no modificar su estado de reposo o movimiento si no es por la acción de una fuerza. 2. Rutina, desidia. Fuerza de -, momento de -.” Y cinco palabras más abajo: "Inerte. (Del lat. Iners, Inertis). adj. Inactivo, Ineficaz, incapaz de reacción. Gas inerte. 2. Inmóvil, paralizado. Mano, rostro inerte. 3. Sin vida. Cuerpo inerte. 4. Flojo, desidioso. (...)". Diccionario de la Lengua Española. Real Academia Española. Vigésima segunda edición, 2001.
Al buen entendedor pocas palabras. Hoy no escribiré más al respecto, o dicho de otro modo, no comenzaré.
* "Cuando sobre un sistema físico se aplica una fuerza éste cambia su velocidad, se acelera, en un grado que es inversamente proporcional a la "resistencia" que ofrece al cambio. Esa resistencia es lo que entendemos por masa inercial. (...). La relación newtoniana en la que esto se manifiesta es: F=m.a".
Time
“And then one day you find ten years have got behind you / No one told you when to run, you missed the starting gun”. Time. Roger Water.
El primer libro que leí en la universidad fue Antropología Industrial, de Claudio Esteba Fabregat. Del libro no puedo decir mucho, hoy descansa en un librero nuevo que mis padres han instalado en la que fue mi habitación y la de Daniel. El salón de primer año era inmenso, suficiente para que cupiéramos 92 personas; el profesor, Massimo Desiato y de aquel grupo de alumnos, Aníbal Gauna, Gianni Finco, Jose Manuel Roche y yo, cuatro de los siete hombres y únicos sobrevivientes a los 5 años de Sociología que esperaban por nosotros.
Ni siquiera puedo asegurarlo y quizá ni Fabregat sea el autor del epigrafe con el que trece años después encabezaría la carta de despedida a mis compañeros de Ogilvy México: “cuando tenía 20 años luchaba por cambiar el mundo; veinte años después lucho por que el mundo no me cambie a mi”.
Hoy, a quienes piensan como pensaban hace trece años, los etiqueto de ingenuos, pero hoy, también extraño aquella "ingenuidad" que no distinguía los límites del deseo y lo posible. ¿En qué momento se quebró ese equilibrio que me permitía seguir adelante a pesar de los años transcurridos, de las decisiones tomadas?
Hoy lo único que puedo reconocer es la huella de ese quiebre, el síntoma de la pérdida que me mantiene quieto ante todo lo que sucede, porque pasará; hoy lo único que puedo reconocer es el síntoma que esconde en una semana de trabajo que nunca imaginé y un fin de semana de descanso, las excusas, para no tomar decisiones. "Hoy", a pesar de todo es un lugar seguro, certero, en el que el riesgo es calculado en función de un “pasará” que se come mis días sin derecho a devolución.
Vamos, vamos, un poco de autocompasión no le hace daño a nadie.
El primer libro que leí en la universidad fue Antropología Industrial, de Claudio Esteba Fabregat. Del libro no puedo decir mucho, hoy descansa en un librero nuevo que mis padres han instalado en la que fue mi habitación y la de Daniel. El salón de primer año era inmenso, suficiente para que cupiéramos 92 personas; el profesor, Massimo Desiato y de aquel grupo de alumnos, Aníbal Gauna, Gianni Finco, Jose Manuel Roche y yo, cuatro de los siete hombres y únicos sobrevivientes a los 5 años de Sociología que esperaban por nosotros.
Ni siquiera puedo asegurarlo y quizá ni Fabregat sea el autor del epigrafe con el que trece años después encabezaría la carta de despedida a mis compañeros de Ogilvy México: “cuando tenía 20 años luchaba por cambiar el mundo; veinte años después lucho por que el mundo no me cambie a mi”.
Hoy, a quienes piensan como pensaban hace trece años, los etiqueto de ingenuos, pero hoy, también extraño aquella "ingenuidad" que no distinguía los límites del deseo y lo posible. ¿En qué momento se quebró ese equilibrio que me permitía seguir adelante a pesar de los años transcurridos, de las decisiones tomadas?
Hoy lo único que puedo reconocer es la huella de ese quiebre, el síntoma de la pérdida que me mantiene quieto ante todo lo que sucede, porque pasará; hoy lo único que puedo reconocer es el síntoma que esconde en una semana de trabajo que nunca imaginé y un fin de semana de descanso, las excusas, para no tomar decisiones. "Hoy", a pesar de todo es un lugar seguro, certero, en el que el riesgo es calculado en función de un “pasará” que se come mis días sin derecho a devolución.
Vamos, vamos, un poco de autocompasión no le hace daño a nadie.
lunes, 29 de octubre de 2007
Historia de la Foto "3"
A pesar de las advertencias de su abuelo, Andrés había tomado una decisión, compraría el Buick año 69, que José, su “socio” en el taller mecánico en el que trabajaba, vendía por 10,000.00 pesos.
Todas las tardes, la llegada de Andrés a casa, era anunciada por el susurro oxidado de las bisagras que apenas sostenían la doble puerta de madera. A pesar del esfuerzo diario, nunca había cruzado, ni cruzaría por su mente, la idea de venderlas; “a mi no me corresponde esa tarea”, se decía con rigor. Su valor era incuestionable, más aún, después de las numerosas visitas de anticuarios que, durante sus años de “prepa”, recibieron. A pesar de las imprecisiones sobre su fabricación, conservaba en su memoria un orgulloso “1824” que resonaba en el fondo de su memoria, con la voz inquebrantable de su abuelo. Los terremotos y temblores a los que había sobrevivido la casa, dejaron por huella una ligera inclinación que las empujaba espontáneamente contra las paredes cubiertas con las baldosas que, según su abuela, formaron parte de uno de los tantos lotes de azulejos traídos desde Puebla por la Quinta Condesa del Valle de Orizaba, vendidos a su tatarabuelo por un contrabandista, durante la misma época en la que habían mandado a hacer las puertas.
Andrés vivía entre anécdotas similares bautizadas con los nombres y apellidos que dejaron el centro para vivir en la entonces naciente Colonia Roma; las puertas de los Casanova sobre las que ahora comían los quién sabe quiénes, o el mismo solar en el que ahora trabajaba, el cual, por obra del deterioro multifamiliar, había dado paso al taller que él y José habían abierto después de titularse como mecánicos automotrices.
Pasaron dos años antes que pudiera poner en marcha nuevamente el Buick 69 y dos años más para restaurar e instalar las piezas originales que conseguía domingo tras domingo en los almacenes de autopartes de Ixtapalapa o en internet. Una vez hecho esto, los asientos no fueron problema, aunque sí, más costosos de lo que tenía previsto. La pintura tuvo que esperar el paso de la temporada de lluvias, pero una vez finalizada, se despidió de su juguete para recuperarlo un par de semanas después.
El día que finalmente decidió sacar el coche del taller, tuvo suerte. Dejó atrás República del Salvador sobre Aldaco, en dirección al Teatro de las Vizcaínas hasta encontrar San Jerónimo, entonces cruzó a la derecha e incrédulo notó el espacio disponible frente a las altas puertas de madera iluminadas por el sol ya en retirada. Era viernes, al día siguiente, después de desayunar, llevaría a Rafael y Leticia a conocer la Colonia Roma.
Todas las tardes, la llegada de Andrés a casa, era anunciada por el susurro oxidado de las bisagras que apenas sostenían la doble puerta de madera. A pesar del esfuerzo diario, nunca había cruzado, ni cruzaría por su mente, la idea de venderlas; “a mi no me corresponde esa tarea”, se decía con rigor. Su valor era incuestionable, más aún, después de las numerosas visitas de anticuarios que, durante sus años de “prepa”, recibieron. A pesar de las imprecisiones sobre su fabricación, conservaba en su memoria un orgulloso “1824” que resonaba en el fondo de su memoria, con la voz inquebrantable de su abuelo. Los terremotos y temblores a los que había sobrevivido la casa, dejaron por huella una ligera inclinación que las empujaba espontáneamente contra las paredes cubiertas con las baldosas que, según su abuela, formaron parte de uno de los tantos lotes de azulejos traídos desde Puebla por la Quinta Condesa del Valle de Orizaba, vendidos a su tatarabuelo por un contrabandista, durante la misma época en la que habían mandado a hacer las puertas.
Andrés vivía entre anécdotas similares bautizadas con los nombres y apellidos que dejaron el centro para vivir en la entonces naciente Colonia Roma; las puertas de los Casanova sobre las que ahora comían los quién sabe quiénes, o el mismo solar en el que ahora trabajaba, el cual, por obra del deterioro multifamiliar, había dado paso al taller que él y José habían abierto después de titularse como mecánicos automotrices.
Pasaron dos años antes que pudiera poner en marcha nuevamente el Buick 69 y dos años más para restaurar e instalar las piezas originales que conseguía domingo tras domingo en los almacenes de autopartes de Ixtapalapa o en internet. Una vez hecho esto, los asientos no fueron problema, aunque sí, más costosos de lo que tenía previsto. La pintura tuvo que esperar el paso de la temporada de lluvias, pero una vez finalizada, se despidió de su juguete para recuperarlo un par de semanas después.
El día que finalmente decidió sacar el coche del taller, tuvo suerte. Dejó atrás República del Salvador sobre Aldaco, en dirección al Teatro de las Vizcaínas hasta encontrar San Jerónimo, entonces cruzó a la derecha e incrédulo notó el espacio disponible frente a las altas puertas de madera iluminadas por el sol ya en retirada. Era viernes, al día siguiente, después de desayunar, llevaría a Rafael y Leticia a conocer la Colonia Roma.
domingo, 28 de octubre de 2007
Foto "3"
No recuerdo si hacía frío, pero seguramente era una mañana fresca. Esperaba a Alfredo en el cruce de Sonora y Chapultepec, junto a una taquería cuya fachada siempre permanecerá en mi memoria como uno de esos objetos con los que se establece un vínculo de familiaridad a pesar de la falta de una historia “real” que la posibilite.
No esperé mucho. Su bicicleta era una herencia que hablaba de un “pionero” del ciclismo de montaña en Venezuela. Emprendimos el camino al centro sobre la recién inaugurada “ciclopista”. Cualquier cosa de la que pudiéramos conversar era bienvenida; hasta entonces nos unía una sincera declaración de buenas intenciones, debida, en buena medida a Nella, quien nos presentó a través de un blog en el que intentamos establecer un diálogo literario a distancia, tres venezonalos, un ecuatoriano y una mexicana.
La primera parada fue pocos metros después de la Glorieta de Insurgentes, justo frente a un parque que ocupa el lugar 18 del mosaico de fotografías verticales. Continuamos sobre Chapultepec hasta llegar al eje central, sobre el que seguimos en dirección a primer cuadro. A mitad de camino decidimos cruzar a la derecha y perdernos entre las calles del centro histórico.
En una calle que lleva al Teatro de las Vizcaínas encontré varias ventanas y balcones. Entonces, los recolectaba con la esperanza oculta que alguna de ellas se abriera y revelara la respuesta a las preguntas que ni siquiera había podido formular. En esa misma calle encontré la tercera foto del “mosaico vértical”: una puerta doble de madera, cerrada y obstaculizada por un coche azul.
He hecho un recorrido infructuoso por páginas de coches tras la pista del modelo. Me hubiese gustado dar una referencia exacta y con base en ella, elaborar una historia de aquel coche oculto en la penumbra que el árbol al costado de la puerta, concedió a la foto. Pero no lo he logrado, al menos no ahora; lo que me decepciona un poco, pues en el modelo de ese coche descansa la historia de esta foto que permanecerá encerrada en la preguntas que apenas me atrevo a hacerme sobre ella.
Alfredo y yo improvisamos el camino, guíados por las escenas que esperaban por nosotros. No recuerdo si desayunamos, no recuerdo dónde finalizó el recorrido, ni siquiera puedo recordar el camino de regreso, aunque seguramente nos despedimos en la misma esquina en la que nos encontramos.
No esperé mucho. Su bicicleta era una herencia que hablaba de un “pionero” del ciclismo de montaña en Venezuela. Emprendimos el camino al centro sobre la recién inaugurada “ciclopista”. Cualquier cosa de la que pudiéramos conversar era bienvenida; hasta entonces nos unía una sincera declaración de buenas intenciones, debida, en buena medida a Nella, quien nos presentó a través de un blog en el que intentamos establecer un diálogo literario a distancia, tres venezonalos, un ecuatoriano y una mexicana.
La primera parada fue pocos metros después de la Glorieta de Insurgentes, justo frente a un parque que ocupa el lugar 18 del mosaico de fotografías verticales. Continuamos sobre Chapultepec hasta llegar al eje central, sobre el que seguimos en dirección a primer cuadro. A mitad de camino decidimos cruzar a la derecha y perdernos entre las calles del centro histórico.
En una calle que lleva al Teatro de las Vizcaínas encontré varias ventanas y balcones. Entonces, los recolectaba con la esperanza oculta que alguna de ellas se abriera y revelara la respuesta a las preguntas que ni siquiera había podido formular. En esa misma calle encontré la tercera foto del “mosaico vértical”: una puerta doble de madera, cerrada y obstaculizada por un coche azul.
He hecho un recorrido infructuoso por páginas de coches tras la pista del modelo. Me hubiese gustado dar una referencia exacta y con base en ella, elaborar una historia de aquel coche oculto en la penumbra que el árbol al costado de la puerta, concedió a la foto. Pero no lo he logrado, al menos no ahora; lo que me decepciona un poco, pues en el modelo de ese coche descansa la historia de esta foto que permanecerá encerrada en la preguntas que apenas me atrevo a hacerme sobre ella.
Alfredo y yo improvisamos el camino, guíados por las escenas que esperaban por nosotros. No recuerdo si desayunamos, no recuerdo dónde finalizó el recorrido, ni siquiera puedo recordar el camino de regreso, aunque seguramente nos despedimos en la misma esquina en la que nos encontramos.
domingo, 21 de octubre de 2007
Foto "2"
San Miguel de Allende es un pueblo verdaderamente pintoresco y justamente por ello, testigo de la presencia de los gringos en México. Su casco histórico más que fascinante, revela el intenso flujo de moradores foráneos y turistas que habitan todo el años sus angostas calles, adornadas por decreto patrimonial de la nación, con fachadas que cubren la gama de los "colores populares” mexicanos.
La convivencia me ha permitido concluir que hace algunos años, “lo mexicano” se puso de moda entre los mexicanos, hecho que obligó a los “recreadores” de la alta cultura a reapropiarse del folklore, estilizarlo y revenderlo al mejor postor. Incluso Corona, la marca de cerveza, cuya campaña (para México) lleva las tradiciones mexicanas a los más recónditos lugares bajo el claim “la cerveza mexicana del mundo”, retoma este gesto ideológico a través de una operación de reapropiación de lo mexicano, análoga a la que arquitectos, diseñadores gráficos, de moda e industriales, han usado para la elabroración de objetos decorativos típicos de los estratos altos de la población.
Antes de continuar, quisiera dejar claro que mi intención no es la de denunciar tales mecanismos como formas de dominación o de la intrusión perversa en las cadenas de producción urbano-rurales que hacen posible la exportación de una imagen homogénea de México al resto del mundo; mi intención aquí es confesarme víctima de dicho entramado de marketing cultural.
A quienes me han visitado por tiempo suficiente, los he llevado a “San Miguel” y puedo asegurar que a quienes me visiten por tiempo suficiente los llevaré, porque “San Miguel” es uno de los productos mejor acabados de la mexicanidad contemporánea. Casas coloniales vestidas de toda la línea de pinturas Comex invitan ineludiblemente a posar junto a una ventana o a todas, en mitad de la calle siempre que la calle se cierre en perspectiva detrás de ti, en la terraza de un restaurant con precios dolarizados o en la plaza, rodeado de Mariachis auténticamente desafinados.
Se comprenderá que ante tanta expresividad cultural, no es posible evadir la tentación del obturador. Así fue como tomé la foto "dos" del mosaico “vértical”. Con simplicidad anodina, la foto muestra la esquina de una casa colonial pintada con dos colores. Si la mirada decide recorrer la calle en dirección a la derecha, se encontrará con una puerta de madera, que hace bien en mantenerse cerrada. Pero si la mirada decide recorrer la arista que se levanta hacia el techo, el observador encontrará el signo de lo colonial, ladrillos despintados que atestiguan el carácter original de la construcción, además la conducirán a la cornisa del techo, apenas sugerida y también despintada. Y sobre ellos, qué podría haber distinta a un cielo azul postal.
La convivencia me ha permitido concluir que hace algunos años, “lo mexicano” se puso de moda entre los mexicanos, hecho que obligó a los “recreadores” de la alta cultura a reapropiarse del folklore, estilizarlo y revenderlo al mejor postor. Incluso Corona, la marca de cerveza, cuya campaña (para México) lleva las tradiciones mexicanas a los más recónditos lugares bajo el claim “la cerveza mexicana del mundo”, retoma este gesto ideológico a través de una operación de reapropiación de lo mexicano, análoga a la que arquitectos, diseñadores gráficos, de moda e industriales, han usado para la elabroración de objetos decorativos típicos de los estratos altos de la población.
Antes de continuar, quisiera dejar claro que mi intención no es la de denunciar tales mecanismos como formas de dominación o de la intrusión perversa en las cadenas de producción urbano-rurales que hacen posible la exportación de una imagen homogénea de México al resto del mundo; mi intención aquí es confesarme víctima de dicho entramado de marketing cultural.
A quienes me han visitado por tiempo suficiente, los he llevado a “San Miguel” y puedo asegurar que a quienes me visiten por tiempo suficiente los llevaré, porque “San Miguel” es uno de los productos mejor acabados de la mexicanidad contemporánea. Casas coloniales vestidas de toda la línea de pinturas Comex invitan ineludiblemente a posar junto a una ventana o a todas, en mitad de la calle siempre que la calle se cierre en perspectiva detrás de ti, en la terraza de un restaurant con precios dolarizados o en la plaza, rodeado de Mariachis auténticamente desafinados.
Se comprenderá que ante tanta expresividad cultural, no es posible evadir la tentación del obturador. Así fue como tomé la foto "dos" del mosaico “vértical”. Con simplicidad anodina, la foto muestra la esquina de una casa colonial pintada con dos colores. Si la mirada decide recorrer la calle en dirección a la derecha, se encontrará con una puerta de madera, que hace bien en mantenerse cerrada. Pero si la mirada decide recorrer la arista que se levanta hacia el techo, el observador encontrará el signo de lo colonial, ladrillos despintados que atestiguan el carácter original de la construcción, además la conducirán a la cornisa del techo, apenas sugerida y también despintada. Y sobre ellos, qué podría haber distinta a un cielo azul postal.
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