silencio: ¿Cuántas veces has visto esa película?
él: Una. –Pausa-. En el cine. No recuerdo hace cuánto. ¿Tu sabes?
silencio: No, entonces no te conocía. Recuerdo otras, pero esa no.
él: ¿Cuál recuerdas?
silencio: “American Splendor”.
él: Muy buena.
silencio: Sí, muy buena.
El Televisor iluminaba la habitación. Las escenas... "No". Los destellos de luz que proyectaba la pantalla trazaban sombras donde normalmente no había. El piso permanecía frío y atento a sus movimientos. La ventana abierta dejaba entrar una brisa joven y alegre que se colaba entre el suéter y el pantalón. "Quizá no tenga ningún fin decirlo, pero" llevaba un polar verde aplomado, casi gris oscuro que le regaló su hermano y unos pantalones adidas negros con franjas blancas a los lados. Le gustaba la tela, sentirla sobre sus piernas. La sensación de contacto lo relajaba. Intentó levantarse pero no pudo. Entonces decidió hacerlo lentamente, como si quisiera engañarse a sí mismo. Lo hizo lentamente, tan lentamente que apenas se notaban sus movimientos. Un tímido hormigueo se abrió paso hacia su tobillo derecho, sonrío y se detuvo esperando que creciera; y creció, creció a lo largo del pie y la pantorrilla. Entonces sonrió y sonrió un poco más hasta que no pudo más y tuvo que ponerse de pie. Apoyó todo el peso de su cuerpo sobre la pierna y una hola de placer amorfo lo recorrió. El televisor observaba atento mientras proyectaba sus luces sobre el futón. Mantenía los ojos puestos en él, le gustaba alardear su capacidad de hipnosis con la las lámparas de piso y los cojines (de quienes se decía serían reemplazados pronto). Fue al baño a descargar el cenicero. Volvió y se recostó sin perder de vista la escena que transcurría.
silencio: "Eternal sunshine of the spotless mind". Recuerdo lo mucho que te gustó. ¿Por qué no la has comprado?
él: No sé. Quizá se me pasa. – Se hizo la misma pregunta y prometió hacerlo en su próxima visita al club de video-. ¿Qué te pareció “The big gundown”?
silencio: ¿Tengo que responder?
él: Ya lo hiciste. Me gustó, aunque también me gustaría escuchar las versiones originales. – De pronto sus pensamientos se hicieron pesados, tan pesados que no pudo sostenerlos. Miraba impávido las imágenes que le mostraba la pantalla. Quería creer que descansaba.
silencio: ¿Por qué no te pasas a la cama?
él: Estoy viendo la televisión.
silencio: Y ella a ti.
él: ¿Qué quieres?
silencio: Nada. ¿Tu?
él: Ver la televisión en paz.
silencio: Creí que así lo hacías.
viernes, 26 de septiembre de 2008
jueves, 25 de septiembre de 2008
Diálogo (I)
silencio: Vamos. -Hizo una pausa carente del tono dramático acostumbrado-. Levántate. -Pero sólo se escuchó a sí mismo, seco-. Vamos, vamos, se te hace tarde y te esperan. -Nada. "Un último intento", se dijo, pero él respondió primero.
él: ¿Vamos? ¿A dónde vamos? Voy. Voy. Primera persona, singular. No llegarás a las escaleras. -Algunas gotas de lluvia resonaron en la habitación-. Además llueve.
silencio: ¿Llueve? ¿Y qué? No me vengas con pendejadas, levántate ya. Si pudiera te metería en la ducha y prepararía el desayuno, pero...
él: ¿Has notado que condicionaste tu acción? - Entonces despertaron, más coquetas que de costumbre, las sensaciones sin nombre de siempre y comenzaron a pellizcarlo guiadas por la misma compulsión hueca de todos los días-. No. No lo has notado. -Hizo una pausa que sin querer vistió al silencio con una fina y sutil tensión, delicada como el cristal, discreta sin lugar a dudas, pero insuficiente para hacerlo levantar. Continuó-. ¿A qué está sujeta tu acción? Es decir, inicias la oración con un “si” condicional, supongo que tus posibilidades de acción están sujetas, pero no termino de comprender a qué.
silencio: Sin duda hoy será un gran día.
él: Déjate de susceptibilidades y responde. ¿Qué sujeta tus posibilidades de meterme al baño?.
silencio: Sólo no puedo.
él: Bien. Entonces déjame dormir.
El reloj marcaba las 11:36 am. Decidió envolverlo todo asegurándose que nada lo molestara. Mucho tiempo atrás habían hecho un pacto cuyos términos seguían siendo confusos, pero hasta que él decidiera aclararlos, el resto de la casa debía permanecer inmóvil durante las horas que fuesen necesarias. “Cinco años de cansancio acumulado lo justifican”, solía decir. La cama lucía el cubrecama verde. En ocasiones podía pasar horas observándolo desde una de las sillas de la habitación. Le gustaba mantenerlo perfectamente extendido e identificar los pequeñísimos relieves que se ocultaban entre las franjas. Imaginaba que corría sobre kilómetros de cubrecama limpio y fresco, imaginaba que se tendía sobre él en algún lugar en el que finalmente podría descansar. Pero era sólo su imaginación y la repentina ausencia de silencio daba fe de ello.
Ahora, en este momento en el que sigue durmiendo, las almohadas no hacen nada, simplemente conservan su forma redondeada, evidencia del estoicismo inútil que las mantiene allí. La ropa, tirada sobre las sillas de la habitación, enfrenta un peligroso juego de equilibrio en el que los cinturones pierden con frecuencia. Las toallas desesperanzadas, comienzan a murmurar, dejando correr el rumor de un nuevo fracaso. En la cocina, el refrigerador, en desventaja por el paso de los años, lucha por mantenerse frío sin necesidad de encender el motor. No siempre lo logra, pero sin duda, hace su mejor esfuerzo. Y así, los utensilios de cocina, la mesa y las sillas, el sofá y los cojines, ceden ante el silencio.
silencio: 4:15 pm. -Pausa.- Me apena un poco esta situación.
él: Esta vez tampoco te concediste el matiz dramático.
silencio: Entonces estás despierto.
él: Desde hace una hora, creo.
silencio: ¿Por qué no levantarte?
él: Veo que no desistes.
silencio: Es mi trabajo. ¿Olvidas el pacto?
él: ¿No te sientes frustrado? -Imitando su acento- "Vamos", como te gusta decir, la verdad es que si te evaluaran por resultados, te hubiesen despedido hace un tiempo.
silencio: Quizá, pero bien sabes que no está en tus manos. -Hizo una pausa-. A menos que... -Se detuvo-. Tengo curiosidad, ¿cuáles serían tus criterios de evaluación? Vamos. Sólo un par, quizá mejoro mi desempeño.
él: No me interesa.
silencio: El cansancio, supongo. ¡Bendita excusa!
él: No, tu eres la excusa.
él: ¿Vamos? ¿A dónde vamos? Voy. Voy. Primera persona, singular. No llegarás a las escaleras. -Algunas gotas de lluvia resonaron en la habitación-. Además llueve.
silencio: ¿Llueve? ¿Y qué? No me vengas con pendejadas, levántate ya. Si pudiera te metería en la ducha y prepararía el desayuno, pero...
él: ¿Has notado que condicionaste tu acción? - Entonces despertaron, más coquetas que de costumbre, las sensaciones sin nombre de siempre y comenzaron a pellizcarlo guiadas por la misma compulsión hueca de todos los días-. No. No lo has notado. -Hizo una pausa que sin querer vistió al silencio con una fina y sutil tensión, delicada como el cristal, discreta sin lugar a dudas, pero insuficiente para hacerlo levantar. Continuó-. ¿A qué está sujeta tu acción? Es decir, inicias la oración con un “si” condicional, supongo que tus posibilidades de acción están sujetas, pero no termino de comprender a qué.
silencio: Sin duda hoy será un gran día.
él: Déjate de susceptibilidades y responde. ¿Qué sujeta tus posibilidades de meterme al baño?.
silencio: Sólo no puedo.
él: Bien. Entonces déjame dormir.
El reloj marcaba las 11:36 am. Decidió envolverlo todo asegurándose que nada lo molestara. Mucho tiempo atrás habían hecho un pacto cuyos términos seguían siendo confusos, pero hasta que él decidiera aclararlos, el resto de la casa debía permanecer inmóvil durante las horas que fuesen necesarias. “Cinco años de cansancio acumulado lo justifican”, solía decir. La cama lucía el cubrecama verde. En ocasiones podía pasar horas observándolo desde una de las sillas de la habitación. Le gustaba mantenerlo perfectamente extendido e identificar los pequeñísimos relieves que se ocultaban entre las franjas. Imaginaba que corría sobre kilómetros de cubrecama limpio y fresco, imaginaba que se tendía sobre él en algún lugar en el que finalmente podría descansar. Pero era sólo su imaginación y la repentina ausencia de silencio daba fe de ello.
Ahora, en este momento en el que sigue durmiendo, las almohadas no hacen nada, simplemente conservan su forma redondeada, evidencia del estoicismo inútil que las mantiene allí. La ropa, tirada sobre las sillas de la habitación, enfrenta un peligroso juego de equilibrio en el que los cinturones pierden con frecuencia. Las toallas desesperanzadas, comienzan a murmurar, dejando correr el rumor de un nuevo fracaso. En la cocina, el refrigerador, en desventaja por el paso de los años, lucha por mantenerse frío sin necesidad de encender el motor. No siempre lo logra, pero sin duda, hace su mejor esfuerzo. Y así, los utensilios de cocina, la mesa y las sillas, el sofá y los cojines, ceden ante el silencio.
silencio: 4:15 pm. -Pausa.- Me apena un poco esta situación.
él: Esta vez tampoco te concediste el matiz dramático.
silencio: Entonces estás despierto.
él: Desde hace una hora, creo.
silencio: ¿Por qué no levantarte?
él: Veo que no desistes.
silencio: Es mi trabajo. ¿Olvidas el pacto?
él: ¿No te sientes frustrado? -Imitando su acento- "Vamos", como te gusta decir, la verdad es que si te evaluaran por resultados, te hubiesen despedido hace un tiempo.
silencio: Quizá, pero bien sabes que no está en tus manos. -Hizo una pausa-. A menos que... -Se detuvo-. Tengo curiosidad, ¿cuáles serían tus criterios de evaluación? Vamos. Sólo un par, quizá mejoro mi desempeño.
él: No me interesa.
silencio: El cansancio, supongo. ¡Bendita excusa!
él: No, tu eres la excusa.
domingo, 21 de septiembre de 2008
Crónica del desarraigo (trabajo en proceso).
“Chau. Llamo cuando llegue”. Dio media vuelta, entregó el pasaporte, introdujo su bolso de mano en la máquina de rayos “x” y pasó bajo el detector de metales. Una vez del otro lado, tomó sus pertenencias. Miró una vez más a Jesús y Gisela. Alzó su mano e hizo un gesto de despedida. Dio media vuelta una vez más y ajustó el nudo de su garganta. Caminaba lentamente sin mirar atrás, tal como recordaba que su hermana había hecho casi tres años antes. Se concentró en cada paso, sujetándose a ellos con una firmeza que no descubriría hasta llegar a la suite de Horacio 1585. No estaba seguro de su decisión, pero era tarde para arrepentirse. Aún no decide hacerlo. “¿Arrepentirme de qué?”, se pregunta con estoica frecuencia. “El siguiente”. Avanzó y al girar la cabeza ya no los veía. Siguió adelante, concentrado en sus pasos, únicamente en sus pasos. El peso de su cuerpo se hizo evidente, no miraba adelante, no miraba atrás, sólo dirigía su atención a cada paso, a los New Balance azules. El futuro era incierto a pesar de sus esperanzas, así que decidió refugiarse en un eterno presente del que aún no sabe si salir. “A su izquierda podrán apreciar el Popocatepetl”, anunció el piloto, casi seis horas después.
Psicosis
La expresión en su rostro delataba la intención de acercarse y hacer algún comentario ilógico, o peor aún, lleno de toda la lógica posible que puede generar la interacción de dos vecinos que sólo comparten el patio de entrada. “El” un tímido y huraño escritor que dividía su día en dos para pagar la renta y comer. El otro “el”, un adolescente con franca tendencia a las rancheras y la psicosis (según un fantástico diagnóstico que rememoraba lecturas de otro tiempo). Regresaba de comprar cigarrillos inmerso en pensamientos que no le llevaban a ningún lado. Había pasado el día Leyendo “Trilogías de Nueva York” de Paul Auster y todavía pensaba en Quinn. Abrió la puerta del patio y observó a “el” abrazando un garrafón de agua mientras caminaba a su encuentro. Sabía que diría algo, algo para lo que su imaginación no estaría preparada. Ese contacto dominical (el único del día) lo aterraba. Pensó regresar, como quien olvidó el cambio en la tienda de la esquina y dar una caminata nocturna, pero el recuerdo del párrafo a mitad de camino lo detuvo. No tenía opción, así que selló con una amable sonrisa su destino. “¿Quieres escuchar algo “bajo”?” Preguntó “el”. Una vez más había sucedido, su imaginación no estaba preparada para la interacción casual con este chico. Quizá si lo conocía un poco más. No obstante, la posibilidad de exponerse a conversaciones frecuentes se lo impedía. No tenía motivos para sentir ese rechazo ("quizás las rancheras"), pero bien sabía que podía introducirlo a otros géneros. Comenzaría por los más melodiosos y empáticos, Bebel Gilberto, Joao Gilberto, Gal Costa, Caetano Beloso; luego le revelaría a Dave Brubeck, daría un tímido paso con Dave Holland, se arriesgaría un poco con Coltraine y entonces lo iniciaría en los secretos de John Zorn a travás de Medeski, Martin & Wood, dejándo sólo para el final el sonido irrepetible del maestro, el mismísimo Zorn. Pero, vamos, todos sabemos que no lo haría a menos que, asomado entrometidamente por la ventana “el” preguntara qué era aquello que escuchaba mientras miraba el techo. “¿Quieres escuchar algo “bajo”?”, preguntó nuevamente. Desarmado y lleno de curiosidad respondió, “sí”. Entonces "el" acercó su boca al botellón de agua vacío y sopló. “¿Escuchaste?” “Está al borde de la crisis psicótica”, se dijo “El” y sin pensarlo respondió, “no”. “Acércate un poco”. Consciente de su equivocación, decidió seguirle la corriente al pobre chico y se acercó, asegurándose que sus brazos permanecieran alrededor del recipiente. Inquieto y casi confundido por la cercanía con aquel candidato a vivir en una realidad paralela, lo observó soplar nuevamente y escuchó una vibración apenas perceptible e indudablemente grave. “¿Podrías hacerlo otra vez?”, dijo sin poder reprimirlo y ante lo cual “el” sonrió como quien exhibe un truco de magia a un niño. Volvió a hacerlo y “El” fascinado por el descubrimiento dijo “!Claro!”.
Se despidieron de acuerdo al protocolo de cortesía vecinal, "buenas noches, que descanses", "buenas noches señor, que descanse" y cada uno siguió su camino. "El" entró a su casa aún sonreído, “quizá vaya directo a Zorn”.
Se despidieron de acuerdo al protocolo de cortesía vecinal, "buenas noches, que descanses", "buenas noches señor, que descanse" y cada uno siguió su camino. "El" entró a su casa aún sonreído, “quizá vaya directo a Zorn”.
Todo cambia
No he parado de agradecer todo lo que he hecho durante el día. Desayunar en “El Güero”, comprar flores para la casa, recorrer parte de Reforma y el cuadro central en bicicleta, regresar a casa y leer “Trilogías de Nueva York”, dormir un rato, comer, ver una película en cable y levantarme a escribir.
Sin embargo, ese agradecimiento no parece ser suficiente ante el sentimiento de soledad que me embarga. Me digo a mi mismo, “todo cambia, todo sigue cambiando y temo que no se detendrá”.
Aunque mías, estas palabras me resultan crípticas. Pienso en los sueños, en las vivencias que nos presentan, en la dificultad de desentrañar el mensaje. Sucede lo mismo con "la vida" y pienso "mejor no seguir por esta ruta". Fin del camino.
Intento dirigir mis pensamientos a dónde quiero y no encuentro caminos, sólo mi visión nublada después de una tarde de lectura y televisión, sólo un cuerpo cansado que espera. Entonces noto que la mesa ocupa un lugar diferente. Lentamente los libros comienzan a abrir sus páginas brincando de un lugar a otro de la pequeña biblioteca que termina por derrumbarse. Las astillas celebran y las palabras saltan de las páginas formando oraciones infinitas. Las fotografías vuelan sin encontrar pared que las reciba. Se posan sobre el piso y florecen ventanas, hojas secas, piedras, alcantarillas, bicicletas, perros, vndedores ambulantes, caminos de otros tiempos, recuerdos. El perchero cuelga del techo y los sacos cubren la lámpara de papel que sorprendida, lo observa todo. Me pregunta qué sucede, pero no tengo respuestas, no tengo palabras más que para describir lo que ya ha visto. El sofá se arrastra hasta la puerta y la bicicleta relincha inquieta ante a amenaza de los alebrijes. Las enredaderas cubren las ventanas con sus flores naranjas y las bufandas serpentean alegres hacia ellas. Las escaleras crujen y subo. Mis pantalones bailan, mis camisas se desnudan hebra a hebra y hacen el amor desenfrenadamente. En el baño una fuente lo inunda todo mientras algunas toallas aún secas toman el sol. Miro arriba, me encandilo. Mantengo los ojos abiertos, mis ojos se acostumbran con cada peldaño. El cielo parece una fotografía. Los granos explotan, la onda se expande y el azul se acomoda a su paso. Las risas no paran, se suben una sobre otras en un juego infantil que me recuerda los árboles del colegio. No importa qué sucede, no importa la precisión de mi descripción, nadie lo creería, así que me siento junto a la Jacaranda que crece a mi lado y espero.
Tomo mi cuaderno de notas y comienzo a escribir, “todo cambia, todo sigue cambiando y me temo que o se detendrá”.
Sin embargo, ese agradecimiento no parece ser suficiente ante el sentimiento de soledad que me embarga. Me digo a mi mismo, “todo cambia, todo sigue cambiando y temo que no se detendrá”.
Aunque mías, estas palabras me resultan crípticas. Pienso en los sueños, en las vivencias que nos presentan, en la dificultad de desentrañar el mensaje. Sucede lo mismo con "la vida" y pienso "mejor no seguir por esta ruta". Fin del camino.
Intento dirigir mis pensamientos a dónde quiero y no encuentro caminos, sólo mi visión nublada después de una tarde de lectura y televisión, sólo un cuerpo cansado que espera. Entonces noto que la mesa ocupa un lugar diferente. Lentamente los libros comienzan a abrir sus páginas brincando de un lugar a otro de la pequeña biblioteca que termina por derrumbarse. Las astillas celebran y las palabras saltan de las páginas formando oraciones infinitas. Las fotografías vuelan sin encontrar pared que las reciba. Se posan sobre el piso y florecen ventanas, hojas secas, piedras, alcantarillas, bicicletas, perros, vndedores ambulantes, caminos de otros tiempos, recuerdos. El perchero cuelga del techo y los sacos cubren la lámpara de papel que sorprendida, lo observa todo. Me pregunta qué sucede, pero no tengo respuestas, no tengo palabras más que para describir lo que ya ha visto. El sofá se arrastra hasta la puerta y la bicicleta relincha inquieta ante a amenaza de los alebrijes. Las enredaderas cubren las ventanas con sus flores naranjas y las bufandas serpentean alegres hacia ellas. Las escaleras crujen y subo. Mis pantalones bailan, mis camisas se desnudan hebra a hebra y hacen el amor desenfrenadamente. En el baño una fuente lo inunda todo mientras algunas toallas aún secas toman el sol. Miro arriba, me encandilo. Mantengo los ojos abiertos, mis ojos se acostumbran con cada peldaño. El cielo parece una fotografía. Los granos explotan, la onda se expande y el azul se acomoda a su paso. Las risas no paran, se suben una sobre otras en un juego infantil que me recuerda los árboles del colegio. No importa qué sucede, no importa la precisión de mi descripción, nadie lo creería, así que me siento junto a la Jacaranda que crece a mi lado y espero.
Tomo mi cuaderno de notas y comienzo a escribir, “todo cambia, todo sigue cambiando y me temo que o se detendrá”.
lunes, 31 de marzo de 2008
Quizá David Rieff tenga razón...
...al afirmar: "La falsa democracia de internet sugiere que no hay nada difícil. Uno no tiene que saber nada, sólo debe tener opiniones y subirlas a la red. Uno no necesita pericia, porque la pericia es una especia de fraude jerárquico". Pero sólo quizá. Aunque después de pensarlo mejor, quizá no. ¿Por qué Rieff defenderá con tanta diligencia una auténtica democracia que no existe más que utópicamente? Aclaro, soy un fiel creyente de las posibilidades de la democracia.
Lo sigo pensando y creo que detrás de este tipo de afirmaciones hay una necesidad de jerarquías que trascienden su funcionalidad social, ¿no creen? ¿Qué se necesita para expresar una opinión, más que tenerla? ¿Estaré pecando de ingenuo? No sé.
Lo sigo pensando y creo que detrás de este tipo de afirmaciones hay una necesidad de jerarquías que trascienden su funcionalidad social, ¿no creen? ¿Qué se necesita para expresar una opinión, más que tenerla? ¿Estaré pecando de ingenuo? No sé.
Deslinde
Recientemente leí una entrevista a León Wieseltier en la que decía sobre los bloggers "creen que los primeros pensamientos de una persona, son sus mejores pensamientos". Comparto el sentido crítico de su afirmación, los primeros pensamientos no son necesariamente los mejores pensamientos, aunque sí podría tratarse de valiosísimas intuiciones. Mi intención al citar las palabras de Wieseltier no es otra que deslindarme de ellas, de la acusación implícita que vincula el gesto de escribir un blog con la falta de elaboración de un pensamiento, pues creo que muchos de quienes escribimos en un blog,no consideramos nuestras palabras, las "últimas" posibles sobre un tema. Las primeras palabras son sólo eso, un ensayo del pensamiento, una recolección de impresiones aún inconexas de las que se espera obtener una idea. Poco me interesa revivir discusiones apocalípticas sobre la descentralización de las fuentes de información, por lo que una vez deslindado de la acusación de Wieseltier, me atrevo a escribir unas palabras.
lunes, 10 de marzo de 2008
Texto a la mitad
La última vez que visité este blog dejé un texto a la mitad. No lo he releído desde entonces.
I. Texto a la mitad
"Se me antoja un par de palabras sobre cualquier cosa, la que sea. Digamos que después de tanto tiempo (¿un mes?) sin escribir, se me antoja y cómo no tengo motivo alguno, simplemente lo haré hasta llenar una cuartilla de oraciones, (tengan sentido entre sí o no), pues lo que realmente se me antoja es escribir. Sí, escribir se me antoja como se antojan otras cosas: darse un baño, comer un tacus tacus norteño (plato típico peruano), caminar bajo el sol después de una semana de oficina, jugar con Charlotte (el Airedale Terrier que vive en casa desde hace una semana), dejar que te muerda las manos y verla correr de un ldo a otro sin motivo aparante; tomarse una cerveza fría, bien fría; leer un buen libro (digamos, Gasolina de Quim Monzó); pensar en los amigos, extrañarlos y sonreír gracias a un recuerdo extraviado que se atraviesa repentinamente; escuchar el último disco de Radiohead o confirmar que tu hermano siempre asierta con los discos que te regala; preguntarse por la vida de alguien que no ves desde hace diez años; mirar una foto que nunca tomarás; acostarse en la cama, no hacer nada, sólo descansar; arroparse cuando hace frío; comer un pan tostado, casi quemado, con mantequilla..."
II. Desde el recuerdo, desde el anhelo.
Tacus Tacus, platillo peruano. La primera vez que comí comida peruana, nada tuvo que ver con la visita a La Mar del segundo fin de semana de este año. Entonces no hubiese podido pagar; entonces vivía con mi primos, Leo y Mario y rentabamos la habitación de servicio a Itxazo, una "cooperante" vasca que fue a Venezuela a trabajar en una ONG que dirigía una conocida. Supimos del mercado y fuimos. Sólo eso puedo decir. No recuerdo con quienes fui, aunque conservo clara la imagen de las bandejas de comida colocadas sobre largas mesas que marcaban el inicio y el fin de uno y otro puesto. Los recuerdos se empalman y el placer de aquel momento se confunde con los manteles, el ruido de los coches de la Av. Bolívar y mi primo Hernán, con quien no hablo desde hace, quizá dos años. A un lado, la estación "Colegio de ingenieros", al otro el Teatro en el que actué durante el festival internacional de teatro de Caracas y a su lado, la Mezquita, frente a ella, el jardín del Museo de Arte Moderno, justo a un costado del Parque los caobos.
Gasolina de Quim Monzó. "Le fascinaba haber tirado de un hilo e intentar seguirlo hasta el final, sin saber si encontraría un ovillo o la punta en que terminaba". Quim Monzó. Gasolina. Edit. Anagrama. 1983.
Un recuerdo extraviado. La casa de Juan Tronchoni en Choroní. El clima húmedo, los árboles gigantes que cubren el jardín, la calle de tierra por la que caminábamos a la carretera y calle principal de Puerto Colombia. La casa de Juan, la humedad y aquella semana santa en la que leí "las palabras y las cosas de Michael Foucault", preparamos pastel de chucho y bebí por primera vez ron Ocumare.
Una canción del último disco de Radiohead: Jingsaw falling into place.
Comerse un pan tostado con mantequilla. Fue durante la huelga "general" de diciembre de 2002. El dinero escaceaba y los días pasaban sin esperanza que algo cambiara. Decidimos hacer un mercado grande, verdaderamente grande, previendo la escacez de alimentos que nunca fue tan grave como la imaginamos. La radio y la televisión sólo trasmitían noticias, los periódicos apenas publicaban, los cines, los clubes de videos, las licorerías y los bares permanecían cerrados. Los distractores de la rutina se hicieron evidentes y todos nos vimos en la necesidad de reinventarlas. En mi caso, una de ellas consistía en ir a comprar pan, untarlo con mantequilla, meterlo al horno y comerlo así, sin nada más que mantequilla. Apenas sabíamos lo que sucedía, no imaginabamos lo que sucedería, estábamos atrapados en un letargo cotidiano hasta nuevo aviso; estabamos atrapados en el día a día y las opciones erán simples: o vivíamos cada cosa que hiciéramos intensamente o la crisis nos comía el cerebro, lo que significó, por común que pueda leerse, que vivíamos en un presente continuo. Durante esos días aprendí el valor de lo rutinario, como sentarme a comer un pan tostado bañado en mantequilla.
III. No me vendría mal un poco de rutina.
I. Texto a la mitad
"Se me antoja un par de palabras sobre cualquier cosa, la que sea. Digamos que después de tanto tiempo (¿un mes?) sin escribir, se me antoja y cómo no tengo motivo alguno, simplemente lo haré hasta llenar una cuartilla de oraciones, (tengan sentido entre sí o no), pues lo que realmente se me antoja es escribir. Sí, escribir se me antoja como se antojan otras cosas: darse un baño, comer un tacus tacus norteño (plato típico peruano), caminar bajo el sol después de una semana de oficina, jugar con Charlotte (el Airedale Terrier que vive en casa desde hace una semana), dejar que te muerda las manos y verla correr de un ldo a otro sin motivo aparante; tomarse una cerveza fría, bien fría; leer un buen libro (digamos, Gasolina de Quim Monzó); pensar en los amigos, extrañarlos y sonreír gracias a un recuerdo extraviado que se atraviesa repentinamente; escuchar el último disco de Radiohead o confirmar que tu hermano siempre asierta con los discos que te regala; preguntarse por la vida de alguien que no ves desde hace diez años; mirar una foto que nunca tomarás; acostarse en la cama, no hacer nada, sólo descansar; arroparse cuando hace frío; comer un pan tostado, casi quemado, con mantequilla..."
II. Desde el recuerdo, desde el anhelo.
Tacus Tacus, platillo peruano. La primera vez que comí comida peruana, nada tuvo que ver con la visita a La Mar del segundo fin de semana de este año. Entonces no hubiese podido pagar; entonces vivía con mi primos, Leo y Mario y rentabamos la habitación de servicio a Itxazo, una "cooperante" vasca que fue a Venezuela a trabajar en una ONG que dirigía una conocida. Supimos del mercado y fuimos. Sólo eso puedo decir. No recuerdo con quienes fui, aunque conservo clara la imagen de las bandejas de comida colocadas sobre largas mesas que marcaban el inicio y el fin de uno y otro puesto. Los recuerdos se empalman y el placer de aquel momento se confunde con los manteles, el ruido de los coches de la Av. Bolívar y mi primo Hernán, con quien no hablo desde hace, quizá dos años. A un lado, la estación "Colegio de ingenieros", al otro el Teatro en el que actué durante el festival internacional de teatro de Caracas y a su lado, la Mezquita, frente a ella, el jardín del Museo de Arte Moderno, justo a un costado del Parque los caobos.
Gasolina de Quim Monzó. "Le fascinaba haber tirado de un hilo e intentar seguirlo hasta el final, sin saber si encontraría un ovillo o la punta en que terminaba". Quim Monzó. Gasolina. Edit. Anagrama. 1983.
Un recuerdo extraviado. La casa de Juan Tronchoni en Choroní. El clima húmedo, los árboles gigantes que cubren el jardín, la calle de tierra por la que caminábamos a la carretera y calle principal de Puerto Colombia. La casa de Juan, la humedad y aquella semana santa en la que leí "las palabras y las cosas de Michael Foucault", preparamos pastel de chucho y bebí por primera vez ron Ocumare.
Una canción del último disco de Radiohead: Jingsaw falling into place.
Comerse un pan tostado con mantequilla. Fue durante la huelga "general" de diciembre de 2002. El dinero escaceaba y los días pasaban sin esperanza que algo cambiara. Decidimos hacer un mercado grande, verdaderamente grande, previendo la escacez de alimentos que nunca fue tan grave como la imaginamos. La radio y la televisión sólo trasmitían noticias, los periódicos apenas publicaban, los cines, los clubes de videos, las licorerías y los bares permanecían cerrados. Los distractores de la rutina se hicieron evidentes y todos nos vimos en la necesidad de reinventarlas. En mi caso, una de ellas consistía en ir a comprar pan, untarlo con mantequilla, meterlo al horno y comerlo así, sin nada más que mantequilla. Apenas sabíamos lo que sucedía, no imaginabamos lo que sucedería, estábamos atrapados en un letargo cotidiano hasta nuevo aviso; estabamos atrapados en el día a día y las opciones erán simples: o vivíamos cada cosa que hiciéramos intensamente o la crisis nos comía el cerebro, lo que significó, por común que pueda leerse, que vivíamos en un presente continuo. Durante esos días aprendí el valor de lo rutinario, como sentarme a comer un pan tostado bañado en mantequilla.
III. No me vendría mal un poco de rutina.
sábado, 1 de diciembre de 2007
"Cita"
"Es imposible escribir algo que no se haya visto previamente, pues antes que una palabra pueda llegar a la página, tiene que haber formado parte del cuerpo, tiene que haber sido una presencia física con la que uno haya convivido, igual que convive con el corazón, el estomago y el cerebro. La memoria, entonces, no tanto como el pasao contenido dentro de nosotros, sino como prueba de nuestra vida en el momento actual. Para que un hombre esté verdaderamente presente entre lo que le rodea, no debe pensar en sí mismo sino en lo que le ve. Para poder estar ellí debe olvidarse de sí mismo. Y de ese olvido surge el poder de la memoria. Es una forma de vivir la vida en que nunca se pierde nada". Paul Auster. El libro de la memoria. Compactos Anagrama, 1994.
F=m.a *
No sabía cómo comenzar, así que recurrí a Google. Encontré un artículo titulado “De la inercia y la gravitación”, de Carlos Sánchez Chinea, un físico, supongo, al menos un entendido al respecto, en el que escribe: “la inercia es una propiedad de la materia por la cual los sistemas físicos no pueden modificar por sí mismos su estado de reposo o de movimiento”.
Todavía no sabía cómo comenzar, así que recurrí al diccionario y encontré: “Inercia: (Del lat. Inertia). F. Mec. Propiedad de los cuerpos de no modificar su estado de reposo o movimiento si no es por la acción de una fuerza. 2. Rutina, desidia. Fuerza de -, momento de -.” Y cinco palabras más abajo: "Inerte. (Del lat. Iners, Inertis). adj. Inactivo, Ineficaz, incapaz de reacción. Gas inerte. 2. Inmóvil, paralizado. Mano, rostro inerte. 3. Sin vida. Cuerpo inerte. 4. Flojo, desidioso. (...)". Diccionario de la Lengua Española. Real Academia Española. Vigésima segunda edición, 2001.
Al buen entendedor pocas palabras. Hoy no escribiré más al respecto, o dicho de otro modo, no comenzaré.
* "Cuando sobre un sistema físico se aplica una fuerza éste cambia su velocidad, se acelera, en un grado que es inversamente proporcional a la "resistencia" que ofrece al cambio. Esa resistencia es lo que entendemos por masa inercial. (...). La relación newtoniana en la que esto se manifiesta es: F=m.a".
Todavía no sabía cómo comenzar, así que recurrí al diccionario y encontré: “Inercia: (Del lat. Inertia). F. Mec. Propiedad de los cuerpos de no modificar su estado de reposo o movimiento si no es por la acción de una fuerza. 2. Rutina, desidia. Fuerza de -, momento de -.” Y cinco palabras más abajo: "Inerte. (Del lat. Iners, Inertis). adj. Inactivo, Ineficaz, incapaz de reacción. Gas inerte. 2. Inmóvil, paralizado. Mano, rostro inerte. 3. Sin vida. Cuerpo inerte. 4. Flojo, desidioso. (...)". Diccionario de la Lengua Española. Real Academia Española. Vigésima segunda edición, 2001.
Al buen entendedor pocas palabras. Hoy no escribiré más al respecto, o dicho de otro modo, no comenzaré.
* "Cuando sobre un sistema físico se aplica una fuerza éste cambia su velocidad, se acelera, en un grado que es inversamente proporcional a la "resistencia" que ofrece al cambio. Esa resistencia es lo que entendemos por masa inercial. (...). La relación newtoniana en la que esto se manifiesta es: F=m.a".
Time
“And then one day you find ten years have got behind you / No one told you when to run, you missed the starting gun”. Time. Roger Water.
El primer libro que leí en la universidad fue Antropología Industrial, de Claudio Esteba Fabregat. Del libro no puedo decir mucho, hoy descansa en un librero nuevo que mis padres han instalado en la que fue mi habitación y la de Daniel. El salón de primer año era inmenso, suficiente para que cupiéramos 92 personas; el profesor, Massimo Desiato y de aquel grupo de alumnos, Aníbal Gauna, Gianni Finco, Jose Manuel Roche y yo, cuatro de los siete hombres y únicos sobrevivientes a los 5 años de Sociología que esperaban por nosotros.
Ni siquiera puedo asegurarlo y quizá ni Fabregat sea el autor del epigrafe con el que trece años después encabezaría la carta de despedida a mis compañeros de Ogilvy México: “cuando tenía 20 años luchaba por cambiar el mundo; veinte años después lucho por que el mundo no me cambie a mi”.
Hoy, a quienes piensan como pensaban hace trece años, los etiqueto de ingenuos, pero hoy, también extraño aquella "ingenuidad" que no distinguía los límites del deseo y lo posible. ¿En qué momento se quebró ese equilibrio que me permitía seguir adelante a pesar de los años transcurridos, de las decisiones tomadas?
Hoy lo único que puedo reconocer es la huella de ese quiebre, el síntoma de la pérdida que me mantiene quieto ante todo lo que sucede, porque pasará; hoy lo único que puedo reconocer es el síntoma que esconde en una semana de trabajo que nunca imaginé y un fin de semana de descanso, las excusas, para no tomar decisiones. "Hoy", a pesar de todo es un lugar seguro, certero, en el que el riesgo es calculado en función de un “pasará” que se come mis días sin derecho a devolución.
Vamos, vamos, un poco de autocompasión no le hace daño a nadie.
El primer libro que leí en la universidad fue Antropología Industrial, de Claudio Esteba Fabregat. Del libro no puedo decir mucho, hoy descansa en un librero nuevo que mis padres han instalado en la que fue mi habitación y la de Daniel. El salón de primer año era inmenso, suficiente para que cupiéramos 92 personas; el profesor, Massimo Desiato y de aquel grupo de alumnos, Aníbal Gauna, Gianni Finco, Jose Manuel Roche y yo, cuatro de los siete hombres y únicos sobrevivientes a los 5 años de Sociología que esperaban por nosotros.
Ni siquiera puedo asegurarlo y quizá ni Fabregat sea el autor del epigrafe con el que trece años después encabezaría la carta de despedida a mis compañeros de Ogilvy México: “cuando tenía 20 años luchaba por cambiar el mundo; veinte años después lucho por que el mundo no me cambie a mi”.
Hoy, a quienes piensan como pensaban hace trece años, los etiqueto de ingenuos, pero hoy, también extraño aquella "ingenuidad" que no distinguía los límites del deseo y lo posible. ¿En qué momento se quebró ese equilibrio que me permitía seguir adelante a pesar de los años transcurridos, de las decisiones tomadas?
Hoy lo único que puedo reconocer es la huella de ese quiebre, el síntoma de la pérdida que me mantiene quieto ante todo lo que sucede, porque pasará; hoy lo único que puedo reconocer es el síntoma que esconde en una semana de trabajo que nunca imaginé y un fin de semana de descanso, las excusas, para no tomar decisiones. "Hoy", a pesar de todo es un lugar seguro, certero, en el que el riesgo es calculado en función de un “pasará” que se come mis días sin derecho a devolución.
Vamos, vamos, un poco de autocompasión no le hace daño a nadie.
lunes, 29 de octubre de 2007
Historia de la Foto "3"
A pesar de las advertencias de su abuelo, Andrés había tomado una decisión, compraría el Buick año 69, que José, su “socio” en el taller mecánico en el que trabajaba, vendía por 10,000.00 pesos.
Todas las tardes, la llegada de Andrés a casa, era anunciada por el susurro oxidado de las bisagras que apenas sostenían la doble puerta de madera. A pesar del esfuerzo diario, nunca había cruzado, ni cruzaría por su mente, la idea de venderlas; “a mi no me corresponde esa tarea”, se decía con rigor. Su valor era incuestionable, más aún, después de las numerosas visitas de anticuarios que, durante sus años de “prepa”, recibieron. A pesar de las imprecisiones sobre su fabricación, conservaba en su memoria un orgulloso “1824” que resonaba en el fondo de su memoria, con la voz inquebrantable de su abuelo. Los terremotos y temblores a los que había sobrevivido la casa, dejaron por huella una ligera inclinación que las empujaba espontáneamente contra las paredes cubiertas con las baldosas que, según su abuela, formaron parte de uno de los tantos lotes de azulejos traídos desde Puebla por la Quinta Condesa del Valle de Orizaba, vendidos a su tatarabuelo por un contrabandista, durante la misma época en la que habían mandado a hacer las puertas.
Andrés vivía entre anécdotas similares bautizadas con los nombres y apellidos que dejaron el centro para vivir en la entonces naciente Colonia Roma; las puertas de los Casanova sobre las que ahora comían los quién sabe quiénes, o el mismo solar en el que ahora trabajaba, el cual, por obra del deterioro multifamiliar, había dado paso al taller que él y José habían abierto después de titularse como mecánicos automotrices.
Pasaron dos años antes que pudiera poner en marcha nuevamente el Buick 69 y dos años más para restaurar e instalar las piezas originales que conseguía domingo tras domingo en los almacenes de autopartes de Ixtapalapa o en internet. Una vez hecho esto, los asientos no fueron problema, aunque sí, más costosos de lo que tenía previsto. La pintura tuvo que esperar el paso de la temporada de lluvias, pero una vez finalizada, se despidió de su juguete para recuperarlo un par de semanas después.
El día que finalmente decidió sacar el coche del taller, tuvo suerte. Dejó atrás República del Salvador sobre Aldaco, en dirección al Teatro de las Vizcaínas hasta encontrar San Jerónimo, entonces cruzó a la derecha e incrédulo notó el espacio disponible frente a las altas puertas de madera iluminadas por el sol ya en retirada. Era viernes, al día siguiente, después de desayunar, llevaría a Rafael y Leticia a conocer la Colonia Roma.
Todas las tardes, la llegada de Andrés a casa, era anunciada por el susurro oxidado de las bisagras que apenas sostenían la doble puerta de madera. A pesar del esfuerzo diario, nunca había cruzado, ni cruzaría por su mente, la idea de venderlas; “a mi no me corresponde esa tarea”, se decía con rigor. Su valor era incuestionable, más aún, después de las numerosas visitas de anticuarios que, durante sus años de “prepa”, recibieron. A pesar de las imprecisiones sobre su fabricación, conservaba en su memoria un orgulloso “1824” que resonaba en el fondo de su memoria, con la voz inquebrantable de su abuelo. Los terremotos y temblores a los que había sobrevivido la casa, dejaron por huella una ligera inclinación que las empujaba espontáneamente contra las paredes cubiertas con las baldosas que, según su abuela, formaron parte de uno de los tantos lotes de azulejos traídos desde Puebla por la Quinta Condesa del Valle de Orizaba, vendidos a su tatarabuelo por un contrabandista, durante la misma época en la que habían mandado a hacer las puertas.
Andrés vivía entre anécdotas similares bautizadas con los nombres y apellidos que dejaron el centro para vivir en la entonces naciente Colonia Roma; las puertas de los Casanova sobre las que ahora comían los quién sabe quiénes, o el mismo solar en el que ahora trabajaba, el cual, por obra del deterioro multifamiliar, había dado paso al taller que él y José habían abierto después de titularse como mecánicos automotrices.
Pasaron dos años antes que pudiera poner en marcha nuevamente el Buick 69 y dos años más para restaurar e instalar las piezas originales que conseguía domingo tras domingo en los almacenes de autopartes de Ixtapalapa o en internet. Una vez hecho esto, los asientos no fueron problema, aunque sí, más costosos de lo que tenía previsto. La pintura tuvo que esperar el paso de la temporada de lluvias, pero una vez finalizada, se despidió de su juguete para recuperarlo un par de semanas después.
El día que finalmente decidió sacar el coche del taller, tuvo suerte. Dejó atrás República del Salvador sobre Aldaco, en dirección al Teatro de las Vizcaínas hasta encontrar San Jerónimo, entonces cruzó a la derecha e incrédulo notó el espacio disponible frente a las altas puertas de madera iluminadas por el sol ya en retirada. Era viernes, al día siguiente, después de desayunar, llevaría a Rafael y Leticia a conocer la Colonia Roma.
domingo, 28 de octubre de 2007
Foto "3"
No recuerdo si hacía frío, pero seguramente era una mañana fresca. Esperaba a Alfredo en el cruce de Sonora y Chapultepec, junto a una taquería cuya fachada siempre permanecerá en mi memoria como uno de esos objetos con los que se establece un vínculo de familiaridad a pesar de la falta de una historia “real” que la posibilite.
No esperé mucho. Su bicicleta era una herencia que hablaba de un “pionero” del ciclismo de montaña en Venezuela. Emprendimos el camino al centro sobre la recién inaugurada “ciclopista”. Cualquier cosa de la que pudiéramos conversar era bienvenida; hasta entonces nos unía una sincera declaración de buenas intenciones, debida, en buena medida a Nella, quien nos presentó a través de un blog en el que intentamos establecer un diálogo literario a distancia, tres venezonalos, un ecuatoriano y una mexicana.
La primera parada fue pocos metros después de la Glorieta de Insurgentes, justo frente a un parque que ocupa el lugar 18 del mosaico de fotografías verticales. Continuamos sobre Chapultepec hasta llegar al eje central, sobre el que seguimos en dirección a primer cuadro. A mitad de camino decidimos cruzar a la derecha y perdernos entre las calles del centro histórico.
En una calle que lleva al Teatro de las Vizcaínas encontré varias ventanas y balcones. Entonces, los recolectaba con la esperanza oculta que alguna de ellas se abriera y revelara la respuesta a las preguntas que ni siquiera había podido formular. En esa misma calle encontré la tercera foto del “mosaico vértical”: una puerta doble de madera, cerrada y obstaculizada por un coche azul.
He hecho un recorrido infructuoso por páginas de coches tras la pista del modelo. Me hubiese gustado dar una referencia exacta y con base en ella, elaborar una historia de aquel coche oculto en la penumbra que el árbol al costado de la puerta, concedió a la foto. Pero no lo he logrado, al menos no ahora; lo que me decepciona un poco, pues en el modelo de ese coche descansa la historia de esta foto que permanecerá encerrada en la preguntas que apenas me atrevo a hacerme sobre ella.
Alfredo y yo improvisamos el camino, guíados por las escenas que esperaban por nosotros. No recuerdo si desayunamos, no recuerdo dónde finalizó el recorrido, ni siquiera puedo recordar el camino de regreso, aunque seguramente nos despedimos en la misma esquina en la que nos encontramos.
No esperé mucho. Su bicicleta era una herencia que hablaba de un “pionero” del ciclismo de montaña en Venezuela. Emprendimos el camino al centro sobre la recién inaugurada “ciclopista”. Cualquier cosa de la que pudiéramos conversar era bienvenida; hasta entonces nos unía una sincera declaración de buenas intenciones, debida, en buena medida a Nella, quien nos presentó a través de un blog en el que intentamos establecer un diálogo literario a distancia, tres venezonalos, un ecuatoriano y una mexicana.
La primera parada fue pocos metros después de la Glorieta de Insurgentes, justo frente a un parque que ocupa el lugar 18 del mosaico de fotografías verticales. Continuamos sobre Chapultepec hasta llegar al eje central, sobre el que seguimos en dirección a primer cuadro. A mitad de camino decidimos cruzar a la derecha y perdernos entre las calles del centro histórico.
En una calle que lleva al Teatro de las Vizcaínas encontré varias ventanas y balcones. Entonces, los recolectaba con la esperanza oculta que alguna de ellas se abriera y revelara la respuesta a las preguntas que ni siquiera había podido formular. En esa misma calle encontré la tercera foto del “mosaico vértical”: una puerta doble de madera, cerrada y obstaculizada por un coche azul.
He hecho un recorrido infructuoso por páginas de coches tras la pista del modelo. Me hubiese gustado dar una referencia exacta y con base en ella, elaborar una historia de aquel coche oculto en la penumbra que el árbol al costado de la puerta, concedió a la foto. Pero no lo he logrado, al menos no ahora; lo que me decepciona un poco, pues en el modelo de ese coche descansa la historia de esta foto que permanecerá encerrada en la preguntas que apenas me atrevo a hacerme sobre ella.
Alfredo y yo improvisamos el camino, guíados por las escenas que esperaban por nosotros. No recuerdo si desayunamos, no recuerdo dónde finalizó el recorrido, ni siquiera puedo recordar el camino de regreso, aunque seguramente nos despedimos en la misma esquina en la que nos encontramos.
domingo, 21 de octubre de 2007
Foto "2"
San Miguel de Allende es un pueblo verdaderamente pintoresco y justamente por ello, testigo de la presencia de los gringos en México. Su casco histórico más que fascinante, revela el intenso flujo de moradores foráneos y turistas que habitan todo el años sus angostas calles, adornadas por decreto patrimonial de la nación, con fachadas que cubren la gama de los "colores populares” mexicanos.
La convivencia me ha permitido concluir que hace algunos años, “lo mexicano” se puso de moda entre los mexicanos, hecho que obligó a los “recreadores” de la alta cultura a reapropiarse del folklore, estilizarlo y revenderlo al mejor postor. Incluso Corona, la marca de cerveza, cuya campaña (para México) lleva las tradiciones mexicanas a los más recónditos lugares bajo el claim “la cerveza mexicana del mundo”, retoma este gesto ideológico a través de una operación de reapropiación de lo mexicano, análoga a la que arquitectos, diseñadores gráficos, de moda e industriales, han usado para la elabroración de objetos decorativos típicos de los estratos altos de la población.
Antes de continuar, quisiera dejar claro que mi intención no es la de denunciar tales mecanismos como formas de dominación o de la intrusión perversa en las cadenas de producción urbano-rurales que hacen posible la exportación de una imagen homogénea de México al resto del mundo; mi intención aquí es confesarme víctima de dicho entramado de marketing cultural.
A quienes me han visitado por tiempo suficiente, los he llevado a “San Miguel” y puedo asegurar que a quienes me visiten por tiempo suficiente los llevaré, porque “San Miguel” es uno de los productos mejor acabados de la mexicanidad contemporánea. Casas coloniales vestidas de toda la línea de pinturas Comex invitan ineludiblemente a posar junto a una ventana o a todas, en mitad de la calle siempre que la calle se cierre en perspectiva detrás de ti, en la terraza de un restaurant con precios dolarizados o en la plaza, rodeado de Mariachis auténticamente desafinados.
Se comprenderá que ante tanta expresividad cultural, no es posible evadir la tentación del obturador. Así fue como tomé la foto "dos" del mosaico “vértical”. Con simplicidad anodina, la foto muestra la esquina de una casa colonial pintada con dos colores. Si la mirada decide recorrer la calle en dirección a la derecha, se encontrará con una puerta de madera, que hace bien en mantenerse cerrada. Pero si la mirada decide recorrer la arista que se levanta hacia el techo, el observador encontrará el signo de lo colonial, ladrillos despintados que atestiguan el carácter original de la construcción, además la conducirán a la cornisa del techo, apenas sugerida y también despintada. Y sobre ellos, qué podría haber distinta a un cielo azul postal.
La convivencia me ha permitido concluir que hace algunos años, “lo mexicano” se puso de moda entre los mexicanos, hecho que obligó a los “recreadores” de la alta cultura a reapropiarse del folklore, estilizarlo y revenderlo al mejor postor. Incluso Corona, la marca de cerveza, cuya campaña (para México) lleva las tradiciones mexicanas a los más recónditos lugares bajo el claim “la cerveza mexicana del mundo”, retoma este gesto ideológico a través de una operación de reapropiación de lo mexicano, análoga a la que arquitectos, diseñadores gráficos, de moda e industriales, han usado para la elabroración de objetos decorativos típicos de los estratos altos de la población.
Antes de continuar, quisiera dejar claro que mi intención no es la de denunciar tales mecanismos como formas de dominación o de la intrusión perversa en las cadenas de producción urbano-rurales que hacen posible la exportación de una imagen homogénea de México al resto del mundo; mi intención aquí es confesarme víctima de dicho entramado de marketing cultural.
A quienes me han visitado por tiempo suficiente, los he llevado a “San Miguel” y puedo asegurar que a quienes me visiten por tiempo suficiente los llevaré, porque “San Miguel” es uno de los productos mejor acabados de la mexicanidad contemporánea. Casas coloniales vestidas de toda la línea de pinturas Comex invitan ineludiblemente a posar junto a una ventana o a todas, en mitad de la calle siempre que la calle se cierre en perspectiva detrás de ti, en la terraza de un restaurant con precios dolarizados o en la plaza, rodeado de Mariachis auténticamente desafinados.
Se comprenderá que ante tanta expresividad cultural, no es posible evadir la tentación del obturador. Así fue como tomé la foto "dos" del mosaico “vértical”. Con simplicidad anodina, la foto muestra la esquina de una casa colonial pintada con dos colores. Si la mirada decide recorrer la calle en dirección a la derecha, se encontrará con una puerta de madera, que hace bien en mantenerse cerrada. Pero si la mirada decide recorrer la arista que se levanta hacia el techo, el observador encontrará el signo de lo colonial, ladrillos despintados que atestiguan el carácter original de la construcción, además la conducirán a la cornisa del techo, apenas sugerida y también despintada. Y sobre ellos, qué podría haber distinta a un cielo azul postal.
Foto "1"
Después de un recorrido de casi 60 kilómetros en bicicleta a través de la montaña, llegamos a nuestro destino final. Alrededor de las 3:30 de la tarde de un sábado de mediados de 2004, bajábamos por las calles empedradas de Tepoztlán despidiéndonos de algunos del grupo que decidieron obviar la comida que aguardaba por nosotros en el mercado y regresar a “México” (la ciudad).
Gaby, quien me invitó al paseo, era mi guía. Bajamos de las bicicletas y comenzamos a caminar entre la gente que paseaba por la calle tomada con motivo de quién sabe qué festividad.
Pasamos junto a un escenario cubierto con un largo toldo improvisado, el público esperaba el siguiente espectáculo y mientras lo hacían, algunos niños subían y bajaban de él con un desparpajo provocador que me invitó a tomar algunas fotos y a ellos posar con disimulo ante mi cámara. Seguimos y a los pocos metros, encontramos una de las capillas de Tepoztlán.
Una vez que se recorre México, se aprende que estas capillas (que bien podrían pasar por la catedral de Caracas) abundan, pero entonces, yo no conocía mucho más allá de los límites de la Colonia en la que vivía y las avenidas que debía atravesar para llegar a mi trabajo, por lo que las paredes avenjentadas en las que vestigios de pintura cedían su lugar a los hongos verdiazules, me sedujo. La luz no me ayudaba, tuve que recorrer la fachada varias veces en búsqueda de los rastros de luz obstaculizados por la montaña que hacía unas horas me había conducido hasta allí. Miré hacia arriba y encontré el campanario y la ahora pequeña torre, bañada de una tímida luz que me permitiría fotografiarla.
El encuadre final que atestigua la primera foto del mosaico de fotos verticales, incluye un poste de madera que antepone sus cables a la cruz que corona la cúpula y entre las nubes, en la esquina superior derecha, el cielo azul.
El diálogo entre la torre y el poste y no aquella primera vez en Tepoztlán es la historia de esta foto. Torre y poste, acompañantes silenciosos, testigos mudos de los cambios e intentos de “modernización” de Tepoztlán, hermanos de tierra y quizá hijos de la misma sangre, devotos de los mismos santos y leyendas mestizas que se posan a la fuerza sobre sus epidermis; par desapercibido ante los ojos de quienes recorren las calles de Tepoztlán en búsqueda de un poco del misticismo que impone el Tepozteco, contiene esa pequeña e íntima historia que contiene el resto de las sesenta fotos de mis mosaicos.
El diálogo entre postes y edificios unidos por obra del diseño urbanístico o su ausencia, fueron recurrentes en las fotos que tomé recién llegado a la Ciudad de México, siempre contradictoria y atrapada en el cableado aéreo que la alimenta, pero probablemente se trate de una reminiscencia de Choroní, pueblo en el que la madeja de cables cruza en todas las direcciones posibles en búsqueda de una casa sobre la cual posarse.
Gaby, quien me invitó al paseo, era mi guía. Bajamos de las bicicletas y comenzamos a caminar entre la gente que paseaba por la calle tomada con motivo de quién sabe qué festividad.
Pasamos junto a un escenario cubierto con un largo toldo improvisado, el público esperaba el siguiente espectáculo y mientras lo hacían, algunos niños subían y bajaban de él con un desparpajo provocador que me invitó a tomar algunas fotos y a ellos posar con disimulo ante mi cámara. Seguimos y a los pocos metros, encontramos una de las capillas de Tepoztlán.
Una vez que se recorre México, se aprende que estas capillas (que bien podrían pasar por la catedral de Caracas) abundan, pero entonces, yo no conocía mucho más allá de los límites de la Colonia en la que vivía y las avenidas que debía atravesar para llegar a mi trabajo, por lo que las paredes avenjentadas en las que vestigios de pintura cedían su lugar a los hongos verdiazules, me sedujo. La luz no me ayudaba, tuve que recorrer la fachada varias veces en búsqueda de los rastros de luz obstaculizados por la montaña que hacía unas horas me había conducido hasta allí. Miré hacia arriba y encontré el campanario y la ahora pequeña torre, bañada de una tímida luz que me permitiría fotografiarla.
El encuadre final que atestigua la primera foto del mosaico de fotos verticales, incluye un poste de madera que antepone sus cables a la cruz que corona la cúpula y entre las nubes, en la esquina superior derecha, el cielo azul.
El diálogo entre la torre y el poste y no aquella primera vez en Tepoztlán es la historia de esta foto. Torre y poste, acompañantes silenciosos, testigos mudos de los cambios e intentos de “modernización” de Tepoztlán, hermanos de tierra y quizá hijos de la misma sangre, devotos de los mismos santos y leyendas mestizas que se posan a la fuerza sobre sus epidermis; par desapercibido ante los ojos de quienes recorren las calles de Tepoztlán en búsqueda de un poco del misticismo que impone el Tepozteco, contiene esa pequeña e íntima historia que contiene el resto de las sesenta fotos de mis mosaicos.
El diálogo entre postes y edificios unidos por obra del diseño urbanístico o su ausencia, fueron recurrentes en las fotos que tomé recién llegado a la Ciudad de México, siempre contradictoria y atrapada en el cableado aéreo que la alimenta, pero probablemente se trate de una reminiscencia de Choroní, pueblo en el que la madeja de cables cruza en todas las direcciones posibles en búsqueda de una casa sobre la cual posarse.
Mosaicos
Hace unos meses acompañé a Marcela a una tienda de muebles llena de curiosidades para la casa. Su mirada de diseñadora, atenta y escrutadora, me mantendría allí más de lo que estaba dispuesto al llegar; por lo que, ante los vanos intentos de apresurar a Marcela decidí entregarme al ocio y hurgar entre los estantes llenos de relojes de pared, ceniceros, vasos, tazas, tacitas y tazones para el cereal, portarretratos y clips para fotos, en los que me detuve. Ya había leído algo de ellos en lomographics.com, pero nunca había tenido el gusto de verlos personalmente. Sin pensarlo, compré dos cajas de cien clips cada una. Después de tanto tiempo acumulando fotos, podría elegir algunas y encontrarles lugar en las blancas y vacías paredes de la casa.
Ya en casa, tomé de la caja en las que esperaban impacientes el fin de mi desidia, las que más me gustaban y permanecí el resto de la tarde del sábado sentado en el piso moviéndolas de un lugar a otro, experimentando con sus posiciones junto al resto, para finalmente obtener dos mosaicos, uno de veinte y cinco fotos verticales y otro de treinta y seis fotos horizontales.
La disposición de las mismas fue aleatoria; todo lo aleatorio que me permitieron sus colores y nada más. Lugares, recuerdos y temáticas fueron hechos a un lado sin remordimiento alguno.
Al observar cada una de las fotos puedo recordar, con más o menos nitidez, pero claramente, el momento en el que las tomé. Y ahora, mientras escribo esta cuartilla y las observo una y otra vez, asumo que no sólo evocan mi “estar” allí, en aquel lugar y en aquel tiempo; también atestiguan un recorrido imaginario al que no quisiera adjudicarle un inicio y un fin, porque en cada una encuentro una historia, una pequeñísima historia que es esa foto y sólo esa, que seguramente vive en una mayor que no bautizaré con ningún nombre pues, apenas comienzo a pensar en ello y siendo honesto, la idea de escribir de ellas como un mosaico no me atrae tanto como la idea de escribir de cada una.
De manera que sin quererlo, he encontrado sesenta y un cuartillas que esperan por ser escritas y que para beneplácito de Alfredo, me mantendrán distraído de las reflexiones explícitamente narcisistas que han sido hasta ahora las cuartillas escritas.
Ya en casa, tomé de la caja en las que esperaban impacientes el fin de mi desidia, las que más me gustaban y permanecí el resto de la tarde del sábado sentado en el piso moviéndolas de un lugar a otro, experimentando con sus posiciones junto al resto, para finalmente obtener dos mosaicos, uno de veinte y cinco fotos verticales y otro de treinta y seis fotos horizontales.
La disposición de las mismas fue aleatoria; todo lo aleatorio que me permitieron sus colores y nada más. Lugares, recuerdos y temáticas fueron hechos a un lado sin remordimiento alguno.
Al observar cada una de las fotos puedo recordar, con más o menos nitidez, pero claramente, el momento en el que las tomé. Y ahora, mientras escribo esta cuartilla y las observo una y otra vez, asumo que no sólo evocan mi “estar” allí, en aquel lugar y en aquel tiempo; también atestiguan un recorrido imaginario al que no quisiera adjudicarle un inicio y un fin, porque en cada una encuentro una historia, una pequeñísima historia que es esa foto y sólo esa, que seguramente vive en una mayor que no bautizaré con ningún nombre pues, apenas comienzo a pensar en ello y siendo honesto, la idea de escribir de ellas como un mosaico no me atrae tanto como la idea de escribir de cada una.
De manera que sin quererlo, he encontrado sesenta y un cuartillas que esperan por ser escritas y que para beneplácito de Alfredo, me mantendrán distraído de las reflexiones explícitamente narcisistas que han sido hasta ahora las cuartillas escritas.
miércoles, 17 de octubre de 2007
Escribir es orar
¿Rezaba en las noches antes de dormir? Si alguna vez lo hice, no lo recuerdo. En su lugar, recuerdo a mi madre acercarse y hacernos repetir lo que hoy me parece el estribillo de una canción infantil, “angel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche, ni de día”. Pasó el tiempo y la cercanía se ensanchó; sin cruzar el umbral de la puerta, veía su sombra repetir para sí misma la oración con la que ponía fin al día. En ocasiones, cuando no escuchaba sus susurros, observaba con disimulo el movimiento de su brazo derecho dibujar, una o varias veces, la señal de la cruz y si mi disimulo era insuficiente, decía, “César, es tarde, duérmete”.
Ya mayor, mi abuela pasaba algunos fines de semana en casa. Sábado y domingo, transcurrían entre síntomas imaginarios, su olvido (llegada la hora de la comida) y largas letanías oficiadas desde el sofá de la sala. Comenzaba con un murmullo que a oídos ajenos, podía parecer producto de una memoria caduca, pero progresivamente, su voz se imponía al tiempo y lo que antes parecía hermetismo, se convertía en una nítida sucesión de peticiones hecha desde la torre de una mezquita. Sus palabras resquebrajadas dejaban ver una demanda de atención conmovedora, matizada con frecuencia por la retahíla de peos, sí, peos, con los que marcaba el compás de su rezo. Más allá de la teatralidad de aquella escena, Lastenia oraba, oraba fervientemente de la misma manera que Gisela dibujaba en el aire.
La fe en las palabras, en los gestos, quedó grabada en mi memoria y quizá es esa misma fe la que persigo cada vez que me siento frente al teclado.
En Latinoamérica, la palabra no compromete, sólo forma parte de una puesta en escena que conduce a un desenlace premeditado y rezar no escapa de esta sentencia, excepto en los momentos que son nuestras palabras y no las de otros, las que se despliegan frente a la incertidumbre, pues es esta, la incertidumbre, la que descubre nuestra fe o su ausencia.
La incertidumbre desatada por las líneas no escritas, hecha ansiedad por el tiempo, no encuentra la fe desde la cual, las cuartillas escritas dejarán de ser un ejercicio de esperanza.
Marcela (la amiga) me dijo hace ya un par de años que había perdido la fe. Quizá tenga razón.
Ya mayor, mi abuela pasaba algunos fines de semana en casa. Sábado y domingo, transcurrían entre síntomas imaginarios, su olvido (llegada la hora de la comida) y largas letanías oficiadas desde el sofá de la sala. Comenzaba con un murmullo que a oídos ajenos, podía parecer producto de una memoria caduca, pero progresivamente, su voz se imponía al tiempo y lo que antes parecía hermetismo, se convertía en una nítida sucesión de peticiones hecha desde la torre de una mezquita. Sus palabras resquebrajadas dejaban ver una demanda de atención conmovedora, matizada con frecuencia por la retahíla de peos, sí, peos, con los que marcaba el compás de su rezo. Más allá de la teatralidad de aquella escena, Lastenia oraba, oraba fervientemente de la misma manera que Gisela dibujaba en el aire.
La fe en las palabras, en los gestos, quedó grabada en mi memoria y quizá es esa misma fe la que persigo cada vez que me siento frente al teclado.
En Latinoamérica, la palabra no compromete, sólo forma parte de una puesta en escena que conduce a un desenlace premeditado y rezar no escapa de esta sentencia, excepto en los momentos que son nuestras palabras y no las de otros, las que se despliegan frente a la incertidumbre, pues es esta, la incertidumbre, la que descubre nuestra fe o su ausencia.
La incertidumbre desatada por las líneas no escritas, hecha ansiedad por el tiempo, no encuentra la fe desde la cual, las cuartillas escritas dejarán de ser un ejercicio de esperanza.
Marcela (la amiga) me dijo hace ya un par de años que había perdido la fe. Quizá tenga razón.
lunes, 15 de octubre de 2007
¿"Autosabotaje"?
La continua evocación de lo “aún no escrito” (“las líneas por seguir”) y su relación con el texto en proceso de producción (“lo hasta ahora escrito”), ha sido el recurso del que me he valido para darle curso a los tres arrebatos que conforman el contenido de este incipiente blog.
Hablar de ello, puede generar confusión si no se considera que este blog es un trabajo "terapéutico-literario" que rastrea en mi experiencia un tono, una estética extraviada en la vida cotidiana. Pero, para quien escribe, revelar una clave de lectura de este texto que conforman las “cuartillas” escritas, significa un intento de cohesión (externa) de las mismas.
¿Qué cohesiona, o mejor, qué cohesionará las cuartillas “por escribir”?, es la pregunta que, apresurada, se impone al curso del texto amorfo que es “hasta ahora” sólo una cuartilla.
Las implicaciones de tal pregunta, además de inoportunas, pasan por alto, la única regla no escrita del blog: una cuartilla al día, o si se prefiere, a la vez. En ningún momento tampoco se ha escrito: el tema será este o aquel. En su lugar tampoco se escribió que escribiría de lo que el día o la “vez” dictara. De manera que escribir las reglas no escritas, resulta ser una indiscreción conmigo mismo, pues se detiene con preguntas a quien se dispone a dejarse llevar por el azar de la imaginación, o la experiencia cotidiana (tal como lo hacen quien-sabe cuántas personas en sus blogs). ¿Acaso es esto lo que algunos psicólogos han acordado en llamar autosabotaje?
De acuerdo con el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, “sabotaje” significa: “oposición u obstrucción disimulada contra proyectos, órdenes, decisiones, ideas, etc.”. Para efectos de “lo escrito” (nótese, “lo escrito” una vez más), el valor de esta definición, recae sobre la palabra “disimulada”. Es el disimulo el que acompaña a la obstrucción en el nacimiento del sabotaje, dicho de otro modo, la obstrucción no vive por sí sola cuando de sabotajes se trata. Es ese disimulo autocomplaciente, el que seguramente notaron los psicólogos al bautizar algunos actos de sus pacientes como autosabotaje, el mismo disimulo autocomplaciente que matiza las tres cuartillas (y ahí va nuevamente) “escritas hasta ahora”. El tono nostálgico, la referencia al pasado como recurso, es, para mi propia decepción un lugar común en mi escritura y es quizá este lugar común el que me mantiene paralizado.
A ver qué dice José, mi psicólogo.
Hablar de ello, puede generar confusión si no se considera que este blog es un trabajo "terapéutico-literario" que rastrea en mi experiencia un tono, una estética extraviada en la vida cotidiana. Pero, para quien escribe, revelar una clave de lectura de este texto que conforman las “cuartillas” escritas, significa un intento de cohesión (externa) de las mismas.
¿Qué cohesiona, o mejor, qué cohesionará las cuartillas “por escribir”?, es la pregunta que, apresurada, se impone al curso del texto amorfo que es “hasta ahora” sólo una cuartilla.
Las implicaciones de tal pregunta, además de inoportunas, pasan por alto, la única regla no escrita del blog: una cuartilla al día, o si se prefiere, a la vez. En ningún momento tampoco se ha escrito: el tema será este o aquel. En su lugar tampoco se escribió que escribiría de lo que el día o la “vez” dictara. De manera que escribir las reglas no escritas, resulta ser una indiscreción conmigo mismo, pues se detiene con preguntas a quien se dispone a dejarse llevar por el azar de la imaginación, o la experiencia cotidiana (tal como lo hacen quien-sabe cuántas personas en sus blogs). ¿Acaso es esto lo que algunos psicólogos han acordado en llamar autosabotaje?
De acuerdo con el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, “sabotaje” significa: “oposición u obstrucción disimulada contra proyectos, órdenes, decisiones, ideas, etc.”. Para efectos de “lo escrito” (nótese, “lo escrito” una vez más), el valor de esta definición, recae sobre la palabra “disimulada”. Es el disimulo el que acompaña a la obstrucción en el nacimiento del sabotaje, dicho de otro modo, la obstrucción no vive por sí sola cuando de sabotajes se trata. Es ese disimulo autocomplaciente, el que seguramente notaron los psicólogos al bautizar algunos actos de sus pacientes como autosabotaje, el mismo disimulo autocomplaciente que matiza las tres cuartillas (y ahí va nuevamente) “escritas hasta ahora”. El tono nostálgico, la referencia al pasado como recurso, es, para mi propia decepción un lugar común en mi escritura y es quizá este lugar común el que me mantiene paralizado.
A ver qué dice José, mi psicólogo.
domingo, 14 de octubre de 2007
Reflejo
Esta cuartilla está escrita desde el miedo que mi estomago atestigua. Trae consigo el recuerdo de los ataques de pánico que comencé a padecer casi un año después de mi llegada a México. Mi rostro insinúa un llanto leve y mis manos contienen un temblor imperceptible que he evadido desde hace una año. La angustia por la líneas que seguirán, es otra y me empuja lentamente al umbral oscuro de la habitación en la que permanecí durante casi dos años, el cuarto oscuro en el que escribí los telegramas.
Bebo un trago de cerveza con la esperanza de apaciguar los latidos de mi estomago. Pero insiste y comparte su miedo conmigo. La tentación de desviar la mirada me conduce a las tareas del día y de pronto lo único que que deseo es sentir el calor de una mirada cercana mientras leo en voz alta lo escrito hasta ahora; y llorar, llorar entre línea y línea para así, poder mirarme al espejo.
Miraría mi pelo, mi barba, quizá el color de mis ojos; mi nariz, mis labios, la forma de mi rostro y reconocería en ella el rostro de mi infancia, el rostro de una foto de mi infancia; pero no me veo, no lo hago por temor a encontrar el rostro de otro.
Mi cuerpo se paraliza. He comenzado a dejar de sentir mi estomago y una ligera sensación de alivio toca mi frente alejándome del espejo, mientras mi estomago, mudo, me observa. Aún es un buen intento.
Permanezco quieto, el teclado ha vuelto a ser el que era y mi reflejo en la pantalla se desvanece junto con mis fuerzas. No encuentro la silla en la que estoy sentado. Deambulo dentro de mi en dirección contraria a la puerta de la habitación. No puedo acercarme más, no puedo volver a ella y verme tirado en la cama que me acogió durante tanto tiempo y sin embargo, lo hago.
Sentir me ha cansado. Me ha dejado escuchando el ritmo de mi respiración y como si se tratara de un gran logro, descanso, descanso en mi, en un lugar en el que sólo yo me encuentro y al que los invitados no pasan.
Escucho un televisor encendido. Sonidos de una multitud se pasean por el patio, rozan el cristal imaginario que sostiene el marco de la ventana, como si rozaran mi piel. El aire, sabio, alimenta mis pulmones y recuerdo el día que tomé la decisión de seguir.
Bebo un trago de cerveza con la esperanza de apaciguar los latidos de mi estomago. Pero insiste y comparte su miedo conmigo. La tentación de desviar la mirada me conduce a las tareas del día y de pronto lo único que que deseo es sentir el calor de una mirada cercana mientras leo en voz alta lo escrito hasta ahora; y llorar, llorar entre línea y línea para así, poder mirarme al espejo.
Miraría mi pelo, mi barba, quizá el color de mis ojos; mi nariz, mis labios, la forma de mi rostro y reconocería en ella el rostro de mi infancia, el rostro de una foto de mi infancia; pero no me veo, no lo hago por temor a encontrar el rostro de otro.
Mi cuerpo se paraliza. He comenzado a dejar de sentir mi estomago y una ligera sensación de alivio toca mi frente alejándome del espejo, mientras mi estomago, mudo, me observa. Aún es un buen intento.
Permanezco quieto, el teclado ha vuelto a ser el que era y mi reflejo en la pantalla se desvanece junto con mis fuerzas. No encuentro la silla en la que estoy sentado. Deambulo dentro de mi en dirección contraria a la puerta de la habitación. No puedo acercarme más, no puedo volver a ella y verme tirado en la cama que me acogió durante tanto tiempo y sin embargo, lo hago.
Sentir me ha cansado. Me ha dejado escuchando el ritmo de mi respiración y como si se tratara de un gran logro, descanso, descanso en mi, en un lugar en el que sólo yo me encuentro y al que los invitados no pasan.
Escucho un televisor encendido. Sonidos de una multitud se pasean por el patio, rozan el cristal imaginario que sostiene el marco de la ventana, como si rozaran mi piel. El aire, sabio, alimenta mis pulmones y recuerdo el día que tomé la decisión de seguir.
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